ENTONCES COMIENZO A despedirme de la secretaria que tan amablemente me ha atendido. Me acerco para darle un suave beso en la mejilla y ella, cariñosa, me responde con una frase que escucho cada vez con mayor frecuencia: “cúidese mucho, don Raúl”.
Y yo me voy inquieto, debido a la ambigüedad de la expresión. No sé si tomarla como un vago buen deseo, que la funcionaria o secretaria se lo repite a quien se cruce por delante de ella, o si la frase oculta otros significados.
Podría ser, por ejemplo, que ella me haya visto muy demacrado o desmejorado respecto de la anterior oportunidad en que la visité o que advierta que mi paso se ha vuelto más incierto y tema que me aqueje una enfermedad capaz de llevarme a la tumba en breve plazo si no adopto precauciones.
“Cúidese mucho don Raúl” podría significar también que ella conoce aspectos turbios de mi existencia o desempeño profesional y que me está formulando una velada amenaza en el sentido de que podría darlos a conocer. Caso con lo que yo podría quedar en situación incómoda, desmedrada o ridícula a los ojos de la comunidad.
Me consuelo pensando, claro, que yo no soy ningún personaje de relevancia, de manera que poco podrían interesar a los demás mis vergüenzas o pecados. Me miro en el espejo y no noto señales de un deterioro demasiado evidente o marcado, y no creo que a los oídos de esta dama hayan llegado noticias de otro tipo de declinación que me está afectando.
De todas maneras, la frasecita aquella que se ha vuelto sacramental en boca de secretarias y conserjes, para no hablar de ejecutivos poseedores de algun título de posgrado, me produce desasosiego y desearía no escucharla. Prefiero por amplio margen el tradicional “¡que le vaya bien!” o “¡que tenga un buen día!”.
Mientras cavilo en eso de que debo cuidarme mucho, llego a la conclusión de que mientras menos lee la gente, más fácilmente adopta expresiones de este tipo. En rigor, hay algunas harto más repulsivas: “espéreme un chiquitito” o “mi jefe está ocupadito”, por ejemplo.
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