EN EL AGRIO debate que se ha suscitado a propósito de la píldora del día después, un elevado porcentaje de quienes se consideran progresistas han descalificado e incluso ridiculizado a sus oponentes, aduciendo que se mueven en función de concepciones religiosas o prejuicios filosóficos.Es en verdad una crítica que empequeñece a quienes la formulan, por cuanto todo intento del ser humano por desarrollar su vida interior y por adecuar sus conductas, públicas o privadas, a los principios éticos que ha hecho suyos merece el mayor de los respetos.
Altamente peligrosos para la sociedad, en cambio, son los individuos que se jactan de carecer de principios o que se mofan de la ética y las concepciones filosóficas, por cuanto forzoso es concluir que sólo se mueven en función de las encuestas o de sus propios apetitos o intereses.
Ahora bien, para quienes declaran poseer convicciones filosóficas o religiosas, el desafío al incursionar en la vida pública consiste en saber adecuarlas al funcionamiento y desarrollo de una sociedad heterogénea y pluralista, en la que con frecuencia se comprueba que “lo mejor es enemigo de lo bueno” y que los fenómenos sociales acusan creciente complejidad.
Así, un alcalde puede ser abstemio y estar convencido del daño que provoca el alcohol en la sociedad, pero no por eso sería sensato, aunque dispusiese de atribuciones, que estableciera la ley seca en el territorio de su jurisdicción. Otro edil puede estar convencido de los perjuicios de los juegos de azar, pero debe tener conciencia de que el intento de prohibirlos por completo, aunque que ello fuese legalmente viable, redundaría en la proliferación del juego clandestino, con estropicios mayores todavía para la comunidad entera.
El político que profese en serio una fe religiosa o abrace principios filosóficos debe realizar el permanente esfuerzo de ser, con inteligencia y sabiduría, fiel a sus concepciones personales en el país real en el que le toca desenvolverse. Ello resulta altamente difícil, claro, en un contexto en el que las discusiones se caracterizan por su emocionalidad y por el afán de imponer, con puro afán de poder, el sentir muchas veces voluble de mayorías ciudadanas a las que se manipula e idiotiza en forma sistemática a través de los medios, en especial la TV.
VIGENCIA DE PENSADORES MEDIEVALES
Ya pensadores tan notables como San Agustín o Santo Tomás de Aquino advirtieron que en el reino de este mundo los gobernantes deben con frecuencia optar por el mal menor, ya que intentar imponer lo que un político creyente considera moralmente superior puede acarrear a la sociedad daños mayores que los que se quería procurar o prevenir.
Si se considera que el aborto constituye un atentado brutal contra el derecho a la vida, entonces el político cristiano o humanista debe esforzarse para que el conjunto de las políticas del Estado apunte a reducir todo lo posible, en términos netos, la incidencia de este flagelo, presente desde muy antiguo en la historia de la humanidad.
Resulta evidente, en tal sentido, que las políticas que comenzó a aplicar varias décadas atrás el gobierno de un presidente militantemente católico como fue Eduardo Frei Montalva, en orden poner a disposición de las familias y las mujeres instrumentos de regulación de la natalidad, ha contribuido a evitar decenas de miles de abortos y a salvar la vida de muchas mujeres que no tenían otro método al cual recurrir para controlar su natalidad.
Persiste una intensa discusión científica respecto del momento y las circunstancias en que se inicia una vida humana. Pero no cabe duda de que cuando una mujer acude a maniobras para expulsar a un feto que ya tiene hasta ojitos, estamos en presencia de un aborto. De manera que si yo le niego el acceso a una mujer a la píldora del día después con el objeto de impedir que se anide el embrión en su útero y ella, desesperada, recurre al cabo de algunas semanas a prácticas abortivas, el remedio habrá salido peor que la enfermedad.
En consecuencia, por ejemplo, un alcalde que profese sólidas convicciones religiosas puede muy bien, no por frívolo acatamiento a mayorías espurias o irresponsables, sino en virtud de su responsabilidad social y del principio del mal menor, optar por distribuir la mentada píldora si está convencido de que con ello promueve en mejor forma los principios a los que adhiere y que apuntan a construir una sociedad más justa y humana.

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