Estando ad portas de las elecciones presidenciales, presenciamos un escenario que ni el más pesimista de los “concertacionistas” hubiese previsto: La popularidad abrumadora del actual gobierno no logra traspasar al candidato oficialista y, como si esto fuera poco, ha irrumpido en la escena política un personaje que para muchos parece ser la personificación del cambio y la renovación: Marco Enríquez-Ominami.Hace un par de meses todo parecía igual, los dos candidatos más fuertes competían solos y, a no ser que algo muy extraño ocurriese, la competencia seguiría igual hasta una segunda vuelta y la historia terminaría como siempre. Pero ese “algo muy extraño” ocurrió y de pronto tenemos un candidato socialista díscolo que entra a competir de igual a igual y con posibilidades plausibles de lograr alguna “hazaña independiente”.
Pero, ¿En qué aporta este nuevo participante al debate y a la democracia? En mucho. Su mirada representa a aquella generación que no está dividida por ideologías pasadas. A esa gran mayoría que perdió el interés en la política y que secretamente anhelaba una renovación. Y esto es clave, pues la falta de participación es causada, en gran medida, por la falta de representación que la gente ve en los postulantes a la presidencia. Es conveniente aclarar que probablemente este nuevo actor no es la salvación de la política, no es un superhéroe, pero su contribución es realmente digna de destacar. Incluso aquellos que lo critican deberán reconocer que después de proclamar su campaña, el panorama electoral ha cambiado. Un ejemplo tangible de esto es el acercamiento de los jóvenes a la política, no sólo en los registros electorales, sino que con sorpresa y agrado vemos a un Sebastián Bowen como jefe de campaña de Eduardo Frei y a un Francisco Irarrázaval trabajando con Sebastián Piñera.
Mirando este fenómeno bajo un prisma de objetividad, la situación parece ser profundamente beneficiosa para todo el sistema; para las personas, que demuestran más interés en elegir a quienes los representarán a futuro, y también para la clase política, que deberá reinventarse para lograr encantar a esta masa que ha despertado de un “sueño electoral” muy profundo. La simbiosis que debe existir entre votantes y candidatos parece reactivarse.
¿Debemos ver con buenos ojos todo lo que está ocurriendo? Aparentemente sí. En este nuevo escenario no parece existir un candidato que tenga asegurada la victoria por el simple hecho de pertenecer a cierta coalición, eso parece estar quedando en el pasado, y este hecho le hace muy bien a Chile y a la democracia.
Soplan vientos de renovación, esperemos que sean lo suficientemente fuertes como para llevarse aquellas atávicas costumbres que han ido contaminando la política Chilena.
Ahora sí, participantes listos, que comience el debate.
Por Álvaro Muñoz Ferrer
Bachiller en Ciencias y Humanidades
y Estudiante de Ingeniería Comercial

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