Por Michael W. Defoe
Con la muerte de Michael Jackson a la edad de cincuenta años, hay muchas cosas que en el mundo mueren y se van con él tanto a nivel axiomático de los símbolos humanos -que dan mucha plata- como también físico porque el cantante ya dejó la sacralidad mundana a la que estuvo penosamente conectado mientras vivía. Por otra parte, ahí se queda el libelulaje que lo rodeaba como hienas que se alimentaban de su inmensa fortuna y fama y que ahora ya no podrán continuar amasando a expensas del excéntrico pop rock-star.
Pero este artículo no es para rendirle honores a Jackson porque personalmente no creo en la idolatría supranatural, héroes, heroínas y mucho menos en la martiriologia de lo cuerpos humanos. Tampoco escribo para pasar revista de si el hombre fue bueno o malo, o negro que quería ser blanco, pedófilo o bisexual; pues, no quiero “cahuinear”, como dicen en chile, sobre sus excentricidades como el de la burbuja de oxígeno en la que Jackson pasaba largas temporadas para ralentizar el proceso de envejecimiento. Esas cosas son humanamente mundanas y personales y nadie vive libre de esos fantasmas y ansiedades psicosomáticas que llevamos a la rastra hasta el día que dejamos el cuerpo.
Prefiero observar el drama y evento jacksiano, que más de alguna vez me hizo bailar su ritmo loco (cuando pasé por el teatro Mauri como visita) desde una perspectiva antropológica-cultural y hasta simbólica por cuanto la muerte de Jackson concierne meramente a esas a cosas mundanas que solo la abundancia material bien sazonada por la libertad de una cultura pagana, occidental como lo es la Norteamericana que puede brindar al hombre y al resto del mundo con todos sus esplendores profanos.
Y que esa libertad-democrática, pagana-mundana, dichose de paso por cuanto concierne a la seguridad y supervivencia del hombre, se expande desde los brazos del rió Mississippiy desemboque en el mar para que bañe al resto del mundo y que haga acopio como pepitas de oro fertilizadoras de la imaginación del cantante, de la vida, la ciencia y la plata, porque la plata es seminal, germinadora de la vida y sin ella nada existe con la excepción de los animales que no la necesitan.
Michael Jackson hizo ricos a muchos que vivían de él.
Jackson trajo a la venta más de 750 millones de álbumes en todo el planeta, lo hicieron un hito de la historia de las discográficas y ninguna otra “estrella” dará esos jugosos dividendos. Aun su muerte, dramatizada como icono-simbólico continua dando excedentes, jugosas ganancias para los que viven del drama-humano y farándula. Es más, aun desde la misma ciencia epistemológica catedrática que estudia estos fenómenos sociales de la “cultura popular”, se vive del cantante haciendo rigurosos estudios dedicados a la sociología popular, la antropología y psicología como bien lo demuestran los rígidos análisis psiquiátricos de Otto Kernberg en que sus seguidores se pavonean de luminarias con abundantes tesis de maestrías y PhD que se escriben en nombre del cantante pop.
Por cierto, cabe destacar que este tipo de observaciones son irrelevantes para la mayoría y tampoco lo destaca la “noticia dedicada a la farándula del carrete”, sino que el enfoque en este caso es capitalizar el drama y el espanto humano que la muerte ha causado; pues, se pensaba que el ídolo era de piedra y no moriría. Claro, el arte de usar el cuerpo humano como icono para engañar los apetitos sensoriales (e ideológicos) no es nada nuevo en la cultura popular, siempre se ha hecho en la historia de la humanidad, y tampoco el cuerpo humano es disímil del mismo morbo-martiriológico que causa una bomba humana que mata cientos de vidas, solo que en este caso, esto es música, música de Jackson que preferiblemente encapsula un mundanismo pagano, pero libre de ataduras ideológicas, religiosas.
También, Jackson tocó y toca el bolsillo de los más pobres del estrato social. Pues, véase que esta figura dimensional (de ídolo industrial de la música) dio y da en la actualidad de comer al vendedor ambulante y al que sube a las micros con la venta de discos piratas; con imágenes escapularias, calendarios, camisetas, de colores como si fuera un Che Guevara, alimentó revistas y periódicos y creo que hasta el vendedor de velas alzará un pocos más la venta del día.
Seguramente, y muy a pesar de los pelambres mal intencionados que se hacen en nombre de Michael Jackson, como tan solo un mero producto manipulado del “capitalismo salvaje y de consumo”; no obstante, se extrañará su música y a pesar de todo, Jackson seguirá dando de comer al pobre con el mercadillo de su producto reverenciando su muerte; las discotecas, por otra harán de su música e imagen el carrete y reventones del viernes y el sábado subiendo la venta de entradas. En fin… bendita sea la libertad del neoliberalismo pagano que a falta de pan buenas son las tortas de Michael Jackson.
Por : Michael W. Defoe
Recibe todas la actualizaciones en tu correo electrónico.

Participa activamente en nuestro medio - Opina sobre este artículo