La píldora del día después ha encendido el debate a nivel país, aunque lamentablemente, y como resulta obvio y lamentable a esta altura del año, el tema, que debiera ser un fin, se ha transformado en un medio de obtención de votos para los presidenciables.El centro de la discusión está en que la gente con dinero tiene acceso a la píldora y los más desposeídos no, por lo que algunos sectores han propuesto la libre entrega del fármaco a todo aquel que lo solicite. ¿Quiénes se oponen? Los que consideran a la pastilla como abortiva (tema que da lugar a otro debate) y aquellos que consideran que la distribución gratuita fomentaría el libertinaje sexual de la población. Acá hay un dato interesante. La clase alta sí tiene acceso a la píldora y ese argumento del “libertinaje” no parece importante. ¿Qué hace la diferencia? Aunque no parezca evidente, la diferencia la hace la educación.
El célebre filósofo Chino, Confucio, dijo: “Dónde hay educación, no hay distinción de clases” y aquí está la clave. La gente que tiene el poder adquisitivo para obtener la pastilla, tiene el enorme respaldo de una buena educación para la toma de decisiones morales. La clase baja no cuenta con esta herramienta, por lo que el miedo que genera en algunos el hecho de que el acceso gratuito al fármaco provoque un incremento en las enfermedades veneras, en la iniciación muy precoz de la sexualidad o en el comienzo de una especie de orgía amoral permanente, es comprensible. Al entregar la píldora libremente estamos entregando una responsabilidad y hay que tener mucho cuidado con eso.
Muchos dicen que suministrar la pastilla gratuitamente a toda persona que la solicite terminaría con la discriminación que existe hoy en día, y probablemente así sea, pero no olvidemos que esto no es más que un síntoma de un problema mayor: La educación sigue siendo la generatriz de la brecha social y así es imposible avanzar en temas morales como el aborto, la eutanasia o la píldora del día después. La educación es la llave para cerrar la puerta de la brecha social, y, a pesar de que Confucio lo dijo hace tantos años, aún no se asume como una tarea prioritaria en nuestro país.
Entonces, esto no se trata de “decirle a la población lo que debe, o no, hacer” como plantean algunos, sino de que la entrega de este fármaco debe ir de la mano con instruir y educar a las personas en temas morales, especialmente a la masa crítica, es decir, las personas de menos recursos. De otra manera, se estaría intentado construir en arena: Tal vez construyamos una casa hermosa, pero su inestabilidad la haría inhabitable y, por lo tanto, inútil. Debemos tener cimientos lo suficientemente fuertes antes de empezar a edificar y, en este caso, el cimiento clave es la educación.
En otras palabras, el estado no debe imponer una forma de pensar en este tema, pero tampoco puede repartir píldoras y después lavarse las manos. Su responsabilidad es hacer que la población conozca las dos miradas, para después educarla moralmente. Si esta tarea se lleva a cabo de manera eficiente, la decisión del consumo debe ser de cada individuo.
Recibe todas la actualizaciones en tu correo electrónico.

Participa activamente en nuestro medio - Opina sobre este artículo