El constante éxodo de políticos de sus respectivos partidos es un fenómeno transversal que está marcando un precedente hoy en día. Hemos presenciado la renuncia de personajes históricos de algunas parcialidades, como el llamado “clan Ominami”, pero también hemos sido espectadores de cambios que han sido tildados de traición máxima, tal es el caso de Fernando Flores y su incorporación al comando de Sebastián Piñera. Y claro, para la generación del señor Flores, el pasarse al “bando contrario” no puede ser llamado de otra forma, ya que pareciera estar abandonando los ideales que lo mantuvieron atado al socialismo durante tanto tiempo, pero lo interesante ahora es escuchar la opinión de gran parte de la generación “sub-30″, la que no parece encontrar tan terrible el cambio de un partido a otro, hecho que provoca que los antiguos políticos la traten de liviana o poco apasionada.¿Qué está detrás de esta visión un poco fría de la política actual? ¿Por qué en la generación sub-30 no se encuentran esos encendidos debates de antaño, en los cuales cada uno defendía su posición a muerte, y donde el no comprometerse con algún partido era fuertemente castigado? ¿Qué hace que personas identificadas a fuego con una coalición estén renunciando a sus agrupaciones? La respuesta a estas interrogantes es sólo una: CHILE CAMBIÓ. Las personas menores de treinta años no vivieron intensamente la transición a la democracia, por lo que pedirles identificación con algo que no les es propio resulta casi ilógico. Aquella división izquierdo-derechista se está borrando con el tiempo y los denominados “dinosaurios de la política” se niegan a aceptarlo, aferrándose con dientes y uñas a ella.
Aceptar que Chile no es el mismo de hace treinta años resulta clave, entonces, para comprender este masivo éxodo político. Los que han renunciado así lo han entendido y están dando una señal muy potente, ya que probablemente esta sea la única forma de que los más antiguos se den cuenta de la importancia de un relevo generacional, no porque lo estén haciendo mal, sino porque no están representando a una gran mayoría, y esta debe ser la característica principal de una persona pública.
De ninguna manera pretendo realizar un “ultimatum” a los viejos estandartes, pero a la luz de esta intensa señal, la petición es clara: Si se niegan a entender que el país cambió, entonces es hora de dar un paso al costado y, como en una carrera en equipo, entregar el testimonio a las nuevas generaciones y a aquellos que sí entienden que la política es un concepto susceptible a mutaciones ideológicas a través del tiempo. Son estos últimos los llamados a continuar esta carrera.
Si no se acepta este hecho pronto, lo más probable es que entremos en un “cretáceo político” que culminará con la extinción de aquellos “dinosaurios” que hicieron caso omiso a esa fulgurante luz que caía sobre sus cabezas. Una luz que, paradójicamente, no sería un agente externo, sino que, por el contrario, provendría de los mismos que hoy se encuentran en peligro de extinción.
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