El horroroso crimen de la pequeña Francisca, en Valparaíso, ha re abierto una discusión muy antigua: ¿Debe existir la pena de muerte?. Lo que cualquiera tiende a pensar, poniéndose en el lugar de la familia de Francisca, es que sí; este parece ser el peor de los castigos para un criminal. Pero: ¿Será esta la solución más efectiva? Le pongo un ejemplo: Se le queda una llave de agua abierta en su casa durante todo el día, lo que provoca que todo quede empapado. Usted se da cuenta y corre a buscar un trapero y comienza secar.El agua sigue corriendo. ¿Le parece lógico? En un principio, sí. Hay que secar lo antes posible para evitar que se arruinen los muebles, pero ¿de qué sirve secar si el agua sigue corriendo? De poco o nada. Con esto quiero decir algo simple: El asesinato de esta pequeña niña es terrible, por lo que instintivamente pensamos en que la solución más acertada es terminar con la vida del criminal, pero el agua sigue corriendo. Con esto estamos atacando un síntoma y no la causa de fondo.
Nuestro país es especialista en actuar reactivamente, en lugar de ser proactivo y preventivo. Se espera el crimen para aplicar la sanción, pero nunca se trabaja en evitar los problemas y, como si esto fuera poco, los castigos aplicados, lejos de buscar soluciones de fondo, son simples parches aplicados sobre los síntoma. ¿Se imagina visitando a su médico porque siente fiebre y que éste le recomiende que aplique un paño húmedo sobre la frente y nada más? Sería extraño ¿no?. Usted esperaría que el especialista investigue la causa de la fiebre y que le prescriba algo para detener aquello que la origina. El paño húmedo, al igual que el trapero, son parches, ayudan en algo, pero al final del día, el problema sigue presente.
Probablemente parezca frío y fuera de lugar comparar la muerte de una persona con una simple fiebre o con una llave de agua, pero consideremos lo siguiente: La muerte del criminal no evita que este tipo de atrocidades sigan ocurriendo, de hecho, podría tener el efecto inverso. ¿Por qué? La pena de muerte es una ley extremadamente difícil de aplicar, esa fue una de las razones que provocaron su derogación. Para quitarle la vida a alguien deben existir muchas pruebas muy concretas, que casi siempre son imposibles de obtener (en este caso, el asesino confesó, pero esto no ocurre siempre) por lo que los asesinos siguen estando dispuestos a cometer crímenes, ya que la probabilidad de, primero ser capturados, y luego ser condenados a muerte es muy baja. En otras palabras, ante un castigo tan poco plausible, el delincuente no lo ve como desincentivo, sino que como una especie de “blindaje legal”. Contradictorio y paradójico, pero cierto.
Pensar racionalmente en casos como estos es muy difícil, pero debemos hacerlo; es la única forma de evitar que esta clase de brutales crímenes sigan llenando los noticiarios de nuestro país.
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