“Lo primero que tenemos que hacer como pueblo chileno es tratar de conocer a las personas con que estamos tratando (…) no hemos sabido vivir dos pueblos en un mismo territorio haciendo vida juntos”. Nos dijo hace muy poco Monseñor Manuel Camilo Vial. Pero sucede que somos un solo pueblo; veamos.
Cuando llega aquí Don Pedro de Valdivia, en 1541, lo hace sólo con 150 españoles y una sola mujer y ésta, siendo su amante, no tuvo hijos Además desde Aconcagua a Chiloé vivían un poco más de 1.000.000 de mapuches. Un historiador, Don José María Bulnes, suele hacer una reflexión sobre la falta de mujeres españolas en los tres primeros siglos y concluye que tenemos que ser muy indios, y si se siguen los ocasionales panoramas demográficos que da Encina del período colonial, llegaremos a la misma conclusión. Aquí la madre de esta patria es indígena y bien colocada está en la cúspide del monumento de la plaza Pinto de Temuco. Muchas sangres llegaron en estos más de 500 años, pero la matriz es una.
Pero. ¿Por qué nos vemos aun separados? Por la Guerra de Arauco entre Mapuches del Norte o Pincunches contra Mapuches del Sur, iniciada por los primeros en la batalla de Andalien. Valdivia y Michimalonco que encabezaron la agresión se habian aliado para instalar la encomienda y el régimen político señorial subordinado a España. Dicha propuesta fue rechazada, con exito, por los Mapuches del Sur en la batallas de Curalaba y el Rey de España reconoció ese rechazo en el parlamento de Quilín en 1641.
Tuvieron que pasar muchos años para que los herederos de Michimalonco y de Valdivia: los O`Higgins, los Rodriguez, los Carreras, levantando nuevamente las banderas de la autonomía nacional conquistaran la independencia chilena. Dicha gesta abrió las puertas para la progresiva extinción del régimen señorial y abolición de la esclavitud y el inquilinaje; dando paso así, a una sociabilidad que, con cualquiera denominación, permita la libre relación entre las personas, las familias y las comunidades, una sociabilidad en que todos sean señores.
Cuando la tarea anterior llegue a su consumación se producirá la plena unión de las dos mitades de Chile separadas hace más de 5 siglos. Hoy se levanta una fuerte esperanza para que ello suceda. Por una parte, nuestros indígenas mapuches se pasean orgullosos por todo el territorio y sienten suficiente confianza para lidiar sus reivindicaciones históricas dentro de las reglas políticas del estado nacional; y por otra, los chilenos no mapuches empiezan a reconocer su raíz indígena y a valorar que la gran ventaja comparativa, en el mundo abierto que habitamos, está en los valores culturales originales y únicos de cada pueblo, en sus rasgos espirituales. Nuestra riqueza nacional no sólo es la acumulada en suelos, montañas y aguas, sino, aquella almacenada en el Alma de Chile durante milenios de habitar esta tierra.
Cuando los chilenos negamos a los mapuches como nuestro principio, negamos nuestra originalidad en el concierto de las naciones; honrar nuestro origen es el camino para salir esta coyuntura crítica.
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