MEO: Improvisaciones y misterios

Publicado el sep 22, 2009 | 5 Comentarios

Se dice que los momentos históricos de confusión, de desesperanza, de sostenida frustración ciudadana, suelen dar lugar a la aparición de personajes singulares y de redentores de toda clase, algunos de los cuales tienen ciertamente la cualidad de poder canalizar a través suyo la disconformidad, el enojo o los sueños de muchos, convierténdose en voceros y abanderados de aquellos que claman por un mundo mejor. Sin embargo, una cosa es ser vocero de cambios y otra diferente, la de ser constructor de ellos. Es lo que ocurre con Marco Enríquez-Ominami, el egocéntrico candidato independiente que dice querer cambiar la manera de hacer política y la realidad social en Chile, sin otra herramienta que sus deseos y partiendo desde una considerable distancia de la sociedad organizada.

MEO cuenta con que la inmensa cantidad de ciudadanos descontentos con la Concertación, con la Alianza y con la clase política en general, necesitan de un abanderado que sea contestario y agresivo, que interprete sus deseos de cambio, que hable por ellos, que actúe por ellos y que los conduzca al triunfo electoral en contra de los culpables de su descontento. El país requiere de una nueva figura, un personaje renovador que encabece los cambios habidos y por haber, que modernice la política y que desaloje a las viejas generaciones del mando de la Nación. Y que esa figura es él, sólo él, es decir YO, MEO.He aquí un candidato presidencial que nos dice que quiere cambiar el mundo político y la realidad, que quiere actuar con la ciudadanía y siempre de cara a ella, pero que contradice rotundamente y desde la partida su propia afirmación, al levantar desde la soledad de su ego, un proyecto presidencial personal e individualista ajeno a todo fundamento social.

Sin embargo, la historia nos dice que los oportunistas y los aventureros pueden llegar lejos en sus propósitos, sin duda, y el candidato del “Gran Yo” lo ha probado hasta ahora al enarbolar con inesperado éxito la enardecida bandera del descontento. Ha logrado llegar con su disgregado mensaje a una importante masa dispersa de desilusionados de la Concertación y de adversarios políticos de Sebastián Piñera, hasta lograr un insospechado 17% de eventuales electores. Algunos analistas se han apresurado a considerar, a partir de las encuestas y de otros factores preponderantes, que con ese porcentaje el candidato ya habría “tocado el techo” de las adhesiones posibles. No creemos que sea así, aunque sí parece claro que su techo siempre será más bajo que el de Frei.

El voto descontento

Es legítimo preguntarse si la inesperada adhesión lograda por el candidato yoísta es resultado de sus atributos personales y políticos o simplemente la reacción espontánea de una masa disgregada y desigual que se identifica momentáneamente con las expectativas que le ofrece un mensaje contestatario e inconformista.

La primera posibilidad está limitada por su condición de aparecido en el universo político, por su ausencia de trayectoria en la vida nacional y porque, aún las buena intencionalidad que pudiera haber tras sus ideas, no son base suficiente para asegurar la fuerza y la seriedad de su compromiso ni para suscitar confianza duradera. Esto último es macizamente refrendado por importantes vacíos en su accionar y en su discurso político, en torno a materias de orden fundamental en cualquier proyecto conducente a la presidencia de la República. A ellos nos referimos más adelante bajo el subtítulo de “misterios”.

Es un hecho comprobado que una masa electoral estructurada sólo en base al descontento y la frustración, reacciona y actúa preponderantemente de un modo emocional y secundariza -a veces de un modo ciego- los criterios racionales que en otras circunstancias haría prevalecer. Lo que peculiariza al Chile de hoy es la total disconformidad de grandes masas de ciudadanos con la Concertación, las que si bien pueden aprobar y hasta aplaudir muchas de las realizaciones de ésta, no pueden omitir que la coalición ha traicionado el espíritu democratizador y fundacional de un nuevo Chile que le diera origen, que ha marginado e inmovilizado políticamente a la ciudadanía y que ha devenido en un ente conservador degustador de los privilegios del poder. Esta disconformidad no es un fenómeno nuevo, se ha ido plasmando a lo largo de 20 años y es por tanto muy anterior a la aparición de MEO en la política. Consiguientemente, podemos suponer que los votos que éste ha logrado captar no son resultado de sus supuestos méritos como candidato y aprendiz de político, sino fundamentalmente provienen de esa gran marea de rabia popular construída porfiada- y tesoneramente por la Concertación y sus políticos durante dos décadas.

Hay en la candidatura de MEO varios temas políticos de trascendental importancia que el candidato, aún no ha resuelto ni dilucidado ante la opinión pública Ellos son materias de fondo y la base política concreta real de cualquier proyecto político, pero el candidato elude abordarlas o las menciona apresuradamente, para explayarse en cambio sobre temas puntuales o secundarios o para atacar a sus adversarios. Dichas materias son, por su ausencia, verdaderos “misterios” en la candidatura del descontento.

Programa de gobierno: primer misterio

Un hecho directamente relacionado con el asunto es que la mayoría de los eventuales votantes de MEO asignan a sus planteamientos reformistas la condición de ser originales, de constituir propuestas nuevas y exclusivas, que vendrían a modificar las añejas reglas del juego político y la realidad social nacional. Seguramente, porque esto es lo que también cree el candidato, quien reproduce así el ingenuo pensamiento -muy adolescente- de que el mundo y la historia comienzan cuando él hace su aparición en el escenario político.

La verdad sea dicha, no hay nada de nuevo en lo que nos ofrece el candidato del descontento. Todas sus propuestas, con excepción de aquellas con que hace guiños a la derecha, han sido desde siempre la bandera de lucha de la izquierda nacional. En su espíritu si no en su forma, vienen de tiempo lejano y muchas formaron parte del contenido transformador del programa de la Unidad Popular y del gobierno del presidente Allende. Sus circunstancias y expresión pueden ser diferentes, pero el impulso innovador es el mismo. Lo que prueba que las ambiciones de justicia y transformación social de hoy son básicamente las mismas que inspiraron a gentes que lucharon y que murieron por ellas en una época anterior. Por otra parte, si alguien dejara los prejuicios y los sentimientos a un lado y se diera hoy el trabajo de leer el programa de gobierno de Jorge Arrate, el candidato que no es candidato y el primero que sometió un programa de gobierno al escrutinio de la opinión pública en esta elección, se va a encontrar con que todas las propuestas de MEO y de las otras candidaturas del centro y la izquierda, ya están contenidas en él, de un modo coherente, racional y macizamente estructuradas, no al voleo como en el caso del candidato díscolo.

En resumen, MEO no sólo carece de originalidad, sino que además, a la fecha en que se escriben éstas líneas, no tiene ni siquiera una proposición política seriamente organizada en un programa de gobierno y por tanto, carece de una herramienta fundamental para la acción política y para la motivación y la persuación racional e informada de sus adherentes. La carencia de un programa de gobierno a apenas 85 días del evento electoral puede considerarse ciertamente como la mayor prueba del carácter de aventura política de la candidatura de MEO. Sin embargo, no omitimos que la ausencia de un programa se gobierno puede ser un hecho no casual, sino calculado, con el objetivo de evitar una serie de definiciones políticas, económicas y sociales, lo que el candidato prefiere evitar. En tal caso, estaría engañando deliberadamente a sus electores y a toda la ciudadanía. Sería interesante saber qué piensan los adherentes de su candidatura a este respecto

Base política y social: segundo misterio

Otra circunstancia muy curiosa a observar en los adherentes de MEO es que éstos no parecen demostrar tampoco preocupación alguna por aquello que constituye el misterio más grande de la candidatura díscola: ¿con quiénes va gobernar el eventual Presidente? La respuesta de éste ya la hemos oído muchas veces, pero no responde de modo alguno a la interrogante. Decir que va a”gobernar con los mejores” no dice absolutamente nada, pues todos los demás candidatos pueden decir exactamente lo mismo, pero en el caso de éstos, que cuentan con una o más agrupaciónes políticas fuertes detrás de sus candidaturas, es fácil deducir a quiénes se refieren.Los electores ya saben lo que viene. No, en el caso de MEO, quien agrega además: “vengan de dónde vengan”. ¿Se refiere acaso a los mejores de la Concertación, la agrupación que lo incorporó a la política y que ahora desacredita? ¿Se refiere a los mejores de la derecha? ¿ Se refiere a los de la izquierda? ¿A los del Opus Dei? ¿Al los del Cuerpo de Bomberos? El candidato se niega a dar más explicaciones, lo que no puede calificarse de otro modo que como una irresponsabilidad y una falta de respeto para con la ciudadanía a la cual apela. Uno no puede menos que preguntarse: ¿es que el candidato no sabe realmente con quienes gobernará si es elegido Presidente? o ¿se trata de una artimaña cuyos fines sólo él conoce?

La ausencia de una base político-social organizada que pueda articular en los hechos, las ideas y los objetivos políticos previamente elaborados, es un factor contrario a toda posibilidad de éxito en la eventual gestión presidencial de cualquier candidato. Es muy difícil pensar cuerdamente que la Concertación pudiera incorporarse al gobierno de alguien que no sólo ha abjurado de ella, sino que claramente propicia su destrucción. Es muy difícil imaginarse cuerdamente que una derecha política, que es capaz de recurrir a un golpe de Estado sangriento para impedir toda ampliación de la democracia, estuviera dispuesta a apoyar o a participar en un gobierno que dice querer cambiar las reglas políticas establecidas por ella misma a sangre y fuego. No parece razonable en absoluto. Se dirá que los tiempos han cambiado, claro, pero no la mentalidad retrógrada, ni la vocación hegemónica, ni la condición de masa compacta de la derecha chilena. Ellas están allí incólumes. Lo que nos conduce al pensamiento lógico de que la presunta transversalidad partidaria e ideológica que el candidato quiere personificar, es una ilusión o simplemente una falsedad a toda prueba y no perderemos aquí tiempo en explicarla más extensamente.

El silencio y la ambiguedad del candidato respecto de este tema, no anuncia nada bueno para su eventual gobierno ni para el país. ¿Estará MEO pensando negociar con Pedro, Juan y Diego para componer, primero un gabinete misceláneo, y luego un gobierno nacional también misceláneo, extendiendo la ambiguedad y la experimentación gubernativa a todo el territorio nacional?¿Estará MEO pensando llenar su gobierno y la administración del Estado con toda clase de oportunistas y ambiciosos, serviles a su persona? ¿Son posibles tamaños disparates? Este pensamiento es tanto o más peligroso que el silencio del candidato, porque de allí al caos político y gubernativo, hay un paso muy corto y muy seguro. Quizás cabría decir, automático.Un mínimo de claridad por parte del candidato respecto de este asunto sería una mínima demostración de respeto para el país, y no diremos para sus partidarios, pues para éstos tal asunto pareciera tener tanto valor como una berenjena.

Gobernabilidad: tercer misterio

Un tema que produce respuestas sorprendentes en el candidato díscolo, es cuando la ciudadanía quiere saber y pregunta cómo va a afrontar los problemas de gobernabilidad implícitos en toda gestión presidencial. En este tema, la confusión -para no llamarla de una manera más exacta- parece altamente grave en la candidatura. A veces se cree que se está preguntando con quiénes va gobernar, lo que es un asunto muy distinto.

He oído a Enriquez Ominami decir en una entrevista, con brevedad, énfasis y textualmente, que “la gobernabilidad la hacemos entre todos, todos los días”, que “la gobernabilidad la hacen los pobres cuando postergan sus anhelos”, que “en mi gobierno los ministros serán hombres de Estado día y noche y trabajarán para el bien de Chile…”. Luego, la guinda de la torta la pone el coordinador de la campaña de MEO, en una entrevista reproducida en Youtube. Cuando se le pregunta sobre este tema, contesta sin vacilar un guirigay de incoherencias similares a las de su representado, las que nada tienen que ver con el asunto y para rematar su sapiencia, apela hasta a la escolaridad de MEO, como factor de gobernabilidad (!). No puedo dejar de confesar que me he quedado pasmado, como decía mi querida abuela. Es decir, ninguna palabra que dilucide el pensamiento del candidato acerca de las perspectivas que concede a su eventual gobierno en esta materia, nada sobre las factores que priorizará para aumentar los índices de gobernabilidad durante su presidencia. Nada que nos diga que el candidato está informado sobre a qué apunta el concepto de gobernabilidad.

Pues, conviene decir que este es un concepto que en los últimos veinte años se ha ido perfilando cada vez mas claramente como un concepto político-técnico que trata de definir las relaciones entre el gobierno y la sociedad, entre la democracia y la economía, entre la capacidad de dirección y el acatamiento civil, los grados de efectividad de las decisiones y de las instituciones y otros aspectos de la organización y gestión gubernamental. Todavía más, la gobernabilidad no es una cuestión difusa y subjetiva sino tiene carácter mensurable y existen indicadores internacionales para ello.

Por tanto, ningún candidato serio e informado puede espetarnos con la mayor soltura que “la gobernabilidad la hacemos todos, todos los días” y creer que dio respuesta a una interrogante de complejas dimensiones y alcances y de gran importancia para la ciudadanía. Además, esta falencia conceptual del candidato nos dice por otra parte, que un candidato presidencial sin una base político-social organizada y sin un programa de gobierno, difícilmente estaría en condiciones de ahondar en materias relativas a gobernabilidad. Esperemos, sin embargo, que alguno de los adherentes de MEO que comentarán este artículo, en lugar de disparar a matar en contra del articulista, pueda otorgarnos alguna luz sobre el asunto.

Dos cosas distintas

Ya lo dijimos: una cosa es concebir y pregonar sueños, otra es consturirlos. Modificar la realidad política y social de Chile es un sueño que tiene mínimamente 100 años de existencia. La cuenta más reciente, 36, y aún no lo logramos. Por ello, es una tarea que no se puede improvisar y que exige el máximo de seriedad, de razonamiento y de consenso. No es una tarea para uno o dos individuos, sino para toda la ciudadanía. Tampoco es un asunto que se pueda resolver en una elección presidencial.

Es legítimo, deseable y constructivo expandir el sueño de un mundo mejor para todos. Por eso mismo, no es aceptable su banalización ni pretenderlo con métodos equivocados, falsos.o engañosos.

Responsabilidad electoral

La realidad social y política del Chile de hoy nos dice que cualquiera sea el resultado de la próxima elección presidencial, nada llevará a Chile fundamentalmente hacia adelante. Esta no es una elección que asegure nuevos liderazgos y grandes cambios en lo político. Una elección no puede asegurar por sí sola la restitución automática a la ciudadanía de su rol de sujeto soberano de la política, que es de donde surgen las auténticas y profundas transformaciones sociales. En esta elección, como en otras anteriores, la centro-izquierda está imposibilitada de evadir su vieja tarea fundamental cual es la de impedir el triunfo de la derecha, aún en desmedro de los propios proyectos partidarios y a pesar de la reforzada frustración de esa gran mayoría de chilenos que están agotados y fastidiados al máximo, con una situación social y política que no se modifica. Pero la dura realidad es ésta y no otra.

Como es tradicional, la derecha y su candidato Sebastián Piñera nada tienen que ofrecer al país y lo único que pueden intentar -por lo demás, inútilmente- es tratar de vestirse de alguna manera y patéticamente, con el ropaje del gobierno de Michelle Bachelet, intento que por cierto no engaña a nadie. Oír hablar a la derecha de combate a la pobreza , de desigualdad social y hasta de derechos humanos, sólo nos muestra cómo la modernidad la obliga a incorporar a su lenguaje político conceptos que son propios de la izquierda y del progresismo, pero que son totalmente ajenos a su cultura política. El eventual triunfo electoral de Piñera significaría para el país un retroceso político y social de proporciones y la amenaza clara del reforzamiento de los cerrojos y cadenas jurídicas creadas por ese genio de la cerrajería política llamado Jaime Guzmán, para mantener y afianzar la marginación y el inmovilismo de la ciudadanía, para reforzar el neoliberalismo económico y para acrecentar el poder de los llamados grupos fácticos. Lo de siempre.

Por este motivo, aunque la votación del centro y la izquierda juntas pueda estimarse en un 55%, contra el 45% de la derecha, la división del centro en dos candidaturas y la de la izquierda en otras dos, sólo puede jugar a favor de Sebastián Piñera. Y la candidatura que más favorece a éste es claramente, la de Marco Enríquez-Ominami, el candidato de la aventura y la improvisación. Y así como desde la derecha Piñera sólo puede conducir al conservantismo regresivo, desde la centro-izquierda MEO sólo puede anticipar el desórden y la anarquía.

Sin embargo, debemos convenir en que finalmente no son los candidatos los que deciden los resultados de una elección, sino los electores, quienes tienen la responsabilidad personal de razonar (repito: de razonar) y adoptar una decisión electoral que ojalá vaya más allá de sus legítimas rabias y deseos. Porque Chile sólo puede progresar con paz política, nunca en condiciones de retroceso o de caos, símbolos de conflicto.


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