Acabada ya la primera parte de la elección presidencial me parece pertinente hacer algunas reflexiones acerca de la incursión de Marco Enríquez-Ominami Gumucio en esta parte del ejercicio democrático.
Para comenzar intenté recordar cuáles han sido los méritos políticos y profesionales que llevaron a esta persona a postularse como futuro Presidente de La República y la verdad es que, hurgando en la memoria personal y colectiva, además de la información disponible en la red, no encontré nada destacable que lo diferencie significativamente de usted, de mi o de cualquier otro lector o ciudadano, otorgándole aquella diferencia cualitativa que, respecto del grupo, tienen los líderes.
Marco creció y se desarrolló bajo la sombra (¿o el peso?) de su padre biológico y, luego, de la de su padre putativo. Como hijo único desarrolló todas aquellas prácticas y costumbres que suelen tener los hijos únicos y que no detallaré por ser bien conocidas pero que al final de esta reflexión quedará en evidencia. Desde el comienzo se benefició de la sombra ajena, educándose en colegios de privilegio que están muy lejos de la media nacional, cosa nada extraordinaria, por lo demás, en nuestra clase política, tanto en los de allá como en los de acá; se educó, digo, en Chile, en la Alianza Francesa y el Saint George College. Terminada su educación media ingresó a estudiar filosofía en la Universidad de Chile, donde llegó a ser vicepresidente de la carrera y donde comienza a dar muestras de lo que será, más tarde, su actuar personal y político; en efecto, el año 1993 se presenta como candidato a presidente de la FECH pero es derrotado por su compañero de lista, Fredy Ponce, y, en vez de plegarse al esfuerzo partidario – como haría cualquier militante disciplinado – por lograr los fines y propósitos colectivos, taimadamente se une, según acusó Ponce, al grupo que se restó a la elección, lo que dio como resultado que ese año no pudiese cumplirse el quórum para elegir una nueva directiva de la FECH.
El año 2006, gracias a que su padre putativo, el Senador Carlos Ominami Pascual, lo impone como candidato por el Partido Socialista en el distrito 10, que comprende las comunas de Cabildo, Calera, Hijuelas, La Cruz, entre otras, es electo Diputado, desatándose luego un escandaloso juicio en el cual se acusó a dos colaboradores del Senador de utilizar dineros del Plan de Generación de Empleos para pagar activistas de su campaña. Por cierto – y como es costumbre – nada se probó contra el Senador ni contra el Diputado y en esto Marco Enríquez-Ominami Gumucio en nada se diferencia, hasta aquí, de otros personajes políticos como Guido Girardi, Jaime Naranjo, Laura Soto y Carlos Dittborn, entre otros, que salieron bien librados en las investigaciones pues los platos rotos los pagan – no el titiritero – sino los títeres; en este caso José Manuel Mancilla Guastavino, a la sazón SeReMi del Trabajo en la Región de Valparaíso; Edgardo Lepe Acevedo, Jefe de Gabinete del Senador; Jaime Quiroz Moscoso, funcionario de la Intendencia de la Región de Valparaíso; Ricardo León Romero, Concejal de Rinconada de Los Andes, y los contratistas Giuseppe Malatesta Valladares y Hugo Meza Zúñiga. Mancilla y Quiroz, por fraude al Fisco de Chile y el resto por estafa, fueron condenados a 541 días de pena remitida y al pago, los primeros, del 10 % de lo defraudado – es decir $ 3.900.000 cada uno – y el resto de los culpables a una multa de 21 U.F.
La candidatura de Marco Enríquez-Ominami Gumucio a la Presidencia de La República fue, dicen, el resultado de su no inclusión en una primaria al interior de la Concertación y no lo que después estructuró como eje de su campaña. Es evidente que la política en nuestro país está manejada por un grupo de sujetos que funcionan más parecidamente a los grupos mafiosos que a las instancias democráticas que dicen defender pero, desde una perspectiva objetiva, Marco Enríquez-Ominami Gumucio no tenía ningún mérito objetivo ni especial – salvo su propia convicción – que permitiese colocarlo en la partida y no se ve porqué las cúpulas debían incluirlo en la competencia por ser candidato pues, así las cosas, cualquier Diputado o Senador podría reclamar ese derecho. El caso es que no lo incluyeron y Marco Enríquez-Ominami Gumucio actuó nuevamente como lo hizo en la elección de la FECH y así, en vez de sumarse, se restó.
Después de esa experiencia despertó iluminado y descubrió que la política tiene malas prácticas, que hay chanchullos y trinquetes – como diría Cantinflas – y que las cosas no son como quiere la mayoría sino como quieren unos pocos, que el Partido Socialista es dirigido por un señor feudal principal y otros que lo secundan, que la Concertación no respondía a las esperanzas de las mayorías, que hay castas que se reparten la política como señorío propio, que………… en fin, tantas cosas; sabidas, unas, desconocidas, otras.
Al despertar en ese estado Marco Enríquez-Ominami Gumucio sintió en la frente el dedo del pueblo que le decía que era el elegido y que en él depositaba toda su confianza. Sin embargo, junto con este despertar gozoso, olvidó todo el resto: que el señor feudal lo eligió como Diputado por el Partido Socialista gracias a la intercesión de su padre putativo – otro señor feudal -; que ganó la elección dejando en el camino a varios tipos condenados, por serviles y por giles; que él mismo formaba parte de esa casta política que, interminablemente, se reparte los cargos; que era Diputado de una coalición que no se dolía mucho por la suerte de la mayoría y de tantas otras cosas……………… sabidas, unas, desconocidas, otras.
Habló entonces del respeto por los pobres y los humildes, cuidándose de no mencionar a todos los pobres y humildes que no recibieron en la Región de Valparaíso los dineros destinados a aliviar su estado pues estos fueron a financiar su campaña. Habló de sueños, pero de los suyos y de su grupo, no de los de la mayoría. Habló de la decencia en política, pero calló la forma en que llegó a ser Diputado. Dijo que no le importaba que la derecha fuera Gobierno, actuando como el Peter Pan que, según Piñera, es, haciendo gárgaras con lo que creyó su abuelo Rafael Agustín, con la muerte de su padre biológico e incluso con lo que sufrió su padre putativo. Habló de campaña austera mientras se paseaba por Chile en el helicóptero personal de Max Marambio, el revolucionario-millonario-sin biografía que tanto gusta de aquellas cosas que ayer despreciaba y que logró tal posición gracias a su amistad con el dueño de Cuba, que lo hizo miembro del Directorio de Castro’s Corporation para beneficiarlo con la propiedad compartida de negocios que le escamotea a su propio pueblo. Habló, en fin, de muchas cosa………….
Por cierto, muchos lo oyeron – no lo escucharon, ¡¡atención!! -; unos porque pensaron que era tan inteligente como sus padres, biológico y putativo, respectivamente; otros porque creían que, apoyándolo, demostraban una ingenua lealtad con Miguel y que por medio de su hijo lograrían lo que no lograron con aquel; otros porque, cansados de oír y escuchar los mismos cuentos y promesas sin cumplir durante veinte años, querían que cambiara la cosa; otros, porque, joven como es, pensaron que esta vez era su oportunidad, tal como algunas creyeron que con la Presidenta la suerte de las mujeres cambiaría o de quienes querían que Farkas fuese Presidente para que cada uno recibiese $ 10.000 de propina y, con el tiempo, todos fuésemos millonarios; otros, porque, aunque no escucharon nada, le creyeron , no más.
El caso es que llegó tercero, pero con una votación importante. Al término del día, ¿cuál fue su actitud? ¿Sumarse acaso para que la derecha no sea Gobierno? ¡¡No!!, porque tal como en la elección de la FECH y en las primarias concertacionista, se restó y, así como la FECH no pudo elegir directiva y la Concertación se dividió, esta vez dijo que él era un tipo decente y que no podía endosarle sus votos a nadie ¡¡y que se acabe el mundo antes del 2012, ya que él, de nuevo, no obtuvo lo que quería!! ¿Y detrás suyo? Nuevamente cojos y lesionados: Carlos Ominami Pascual, un hombre inteligente y capaz, quedó fuera del Senado; Álvaro Escobar Rufatt – menos meritorio pero que fuese en su oportunidad una de las primeras mayorías a nivel nacional – tendrá que volver a trabajar como actor (¿esa era la causa de su llanto?); Esteban Valenzuela Van Treck, por su parte, seguirá viendo qué color de camisa le acomoda esta vez para colocársela, pero fuera de la Cámara, por mientras. No recuerdo otros ejemplos, pero, con seguridad, debe haber más.
¿La guinda? La Concertación herida de muerte, con una votación muy difícil de remontar porque muchos de los seguidores de Marco Enríquez-Ominami Gumucio actúan igual que su mentor diciendo: “si no ganamos, entonces que no gane nadie”. Es cierto que la coalición venía cayéndose a pedazos y que ha hecho lo imposible para que la derecha llegue al Gobierno, pero Marco Enríquez-Ominami Gumucio, definitivamente, le dio el golpe de gracia.
Por eso, amigos, ¡¡cuidado con los fósforos!! porque con ellos en la mano no se requiere de ningún mérito ni de ningún talento para ponerle fuego al Templo de Diana, sólo basta la propia vanidad. Eróstrato ya lo demostró hace más de dos mil años y lo triste es que a algunos esto les parece gracioso o, lo que es peor, les da lo mismo.
Guillermo Gutiérrez de Vallenuevo
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