La renuncia en cascada de los presidentes de partidos de la Concertación pretende hacernos creer que es el liderazgo de Frei el motor de tales decisiones. Sin embargo, lo anterior obedece más a un imperativo, que no es otro que atraer votos del marquismo sin que por ello el candidato oficialista deba arrastrarse ante el díscolo diputado, cuyo 20 por ciento podría, sino definir, al menos achicar la enorme diferencia entre Piñera y el candidato de la coalición de gobierno. Asustados ante la posibilidad de perder el poder, los políticos concertacionistas harán lo que sea necesario para remontar el 17 de enero próximo, pues saben que una derrota implica un duro golpe no sólo a la forma de hacer política sino también a muchas ambiciones personales. Porque digamos las cosas como son: un eventual triunfo de la derecha en Chile significaría retroceder en muchos ámbitos, afectando la vida de millones de personas; una vuelta de la derecha más derechista de América Latina a las esferas del poder y una bofetada a la historia reciente de nuestro país, pero la responsabilidad –no hablo de culpas, eso es para los católicos- recae en los apellidos que se repiten hace décadas, en esa casta que se aferra a sus respectivas parcelitas cual náufrago a un tablón en medio del mar, pues de ese modo han podido usufructuar de inmensos recursos fiscales para vivir como reyes en un país famélico.
La Concertación no tuvo la voluntad política suficiente ni el coraje para terminar con el sistema binominal, reformar la Constitución Política, hacer justicia en muchos casos de derechos humanos, ponerle coto a la sobreexplotación de recursos naturales en manos de empresas extranjeras, terminar con los abusos que comete una buena parte del empresariado en contra de trabajadores ni realizar una reforma educacional de verdad. Aquella élite, que yo llamo “red set”, se acostumbró a gobernar casi sin sobresaltos, repartiéndose cargos bien remunerados a diestra y siniestra, haciendo caso omiso del clamor de aquellos que ellos denominan “la gente”, que antes se llamaba el pueblo.
Durante las jornadas estudiantiles de 2006, cuando miles de jóvenes marchaban por las calles de Chile exigiendo mejor educación…¡mejor educación!, la Concertación se replegó, salvo honrosas excepciones, en sus cómodas oficinas de ese elefante blanco llamado Congreso Nacional construido por el pinochetismo, haciendo oídos sordos a tales demandas. Cuando “la gente” vio como se inundaban sus casas Copeva recién entregadas, el ministro DC de la época paseaba en su flamante corcel regalado por un empresario, y mientras los “honorables” permitían sueldos mínimos miserables, ellos se subían su dieta parlamentaria, a la vez que satanizaban a los movimientos estudiantiles, la lucha del pueblo Mapuche y de los deudores habitacionales, entre otros.
Aterrados ante la posibilidad de que Piñera arrase en segunda vuelta, los “gestos” hacia Marco Enríquez-Ominami-Gumucio se han convertido en tics nerviosos, pues los votos de Arrate y el aporte del Partido Comunista están más asegurados.
Enfrentada ante esta disyuntiva, egos incluidos, la dirigencia concertacionista echa mano a lo que sea con tal de salir triunfante en enero, y hará pactos con Dios y el diablo, a cambio de retener sus pegas.
Chile no merece un gobierno guiado por Piñera y sus huestes UDI, vinculadas a la noche más larga que ha tenido este país, pero tampoco quisiera un maquillaje renovado, donde los mismos responsables de esta hecatombe se sucedan en los cargos en un hipotético gobierno liderado por quien demostró ser un presidente mediocre, dado a privatizar hasta el aire y sustentado por un partido, la DC, que funciona en base a “máquinas” y zancadillas.
La palabra la tendrá el pueblo, en las urnas y, de ser preciso, sea cual fuere el resultado, en la calle.
Enrique Fernández Moreno
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