SOY DE IZQUIERDA…socialista de corazón y conciencia; con altibajos, claro, como todo en esta difícil existencia, pues dudé de mi postura partidista el año 1969 cuando, en la universidad, enfrenté acaloradamente a los amigos comunistas que defendían la presencia de tanques soviéticos invadiendo Checoslovaquia y cercenando -de forma sangrienta- la “primavera de Praga” encabezada por el socialdemócrata Alexander Doubcek.
Pero, mis escarceos ideológicos habían comenzado el año anterior (1968) gracias a Daniel Cohn-Bendit, o ‘Danny el Rojo’, cabeza visible y luminosa de aquella “revolución de las flores” que puso de rodillas a París y al régimen de la 5ª República del general Charles De Gaulle, obligando al veterano militar a efectuar un plebiscito y posterior evento electoral que, a pesar de los pesares, lo dejaron muy bien parado.
Un movimiento tan bello, libre y auténticamente espontáneo como aquel, acabó fracasado y hundido en el marasmo final de la derrota. ¿Y todo ello para que una vez más los ideales socialistas terminaran sepultados bajo el fango del individualismo y el comercio?
En ese momento descubrí que, además de socialista, yo era, sin lugar a dudas, un izquierdista republicano con ciertos trazos y toques propios del anarco-sindicalismo.
Tenía dulces 22 años en tal entonces, lo que en absoluto es argumento para exigir perdón público por mis probables excesos y errores políticos.
Que nadie se mueva a engaño. Asumo mis actos y no reniego de ellos. “Al infierno hondo llego con mis cheques sin fondo”, decía un amigo español de mi padre… obviamente se trataba de un agnóstico comecuras. Y ferretero, por cierto.
La cháchara anterior no es algo inconducente, sino más bien sirve de puente para entender lo que la izquierda –la verdadera, la honesta- ha venido proponiendo como punta de rieles político en orden a establecer un sistema democrático realmente representativo de la sociedad en la que actúa.
En palabras directas: lograr que la balanza se equilibre y ninguno de los platillos caiga al fondo impulsado por un peso mayor que el contenido por su vecino.
Parece simple el asunto, pero no lo es. Los detalles a veces se convierten en materias relevantes, y entonces surgen las diferencias insanables que terminan vistiéndose de quiebres, enojos, enemistades e incluso enfrentamientos violentos… y en ocasiones lo anterior ocurre en la izquierda cuando esta ni siquiera tiene una probabilidad remota de agenciarse electoralmente el gobierno. Como es el caso hoy día.
Desde hace 37 años esa izquierda (insisto: la verdadera, la honesta) mira hacia los salones donde opera el gobierno y coloca ojos de carnero degollado. Consciente de que no posee capacidad electoral para ganar La Moneda, entra en alianzas con algunos de sus antiguos (y sempiternos) adversarios, sabedora de cuán poco le representa ese pacto y qué mal paga el mismo al pueblo trabajador.
Pero el aroma del aceite fenicio y de la miel romana le llena los sentidos, la embriaga y sus resguardos ideológicos comienzan a tambalear, a desplomarse, a solicitar que todos los ‘izquierdistas’ que se encuentren en el pacto renuncien a ellos.
Así, lo que una vez fue simple (y con esa simpleza avanzó décadas enteras) se trastoca y adquiere fisonomía de turbiedades.
Los principales valores de la izquierda de siempre comienzan a enmarañarse dando paso a explicaciones economicistas y globalizadoras –alquiladas al derechismo ultra conservador- que nada resuelven y poco aportan a la solución del problema de fondo.
Llega el momento en que esos izquierdistas no se diferencian ya de sus principales enemigos derechistas sediciososy predadores (repito el término: ‘enemigos’, y no sólo adversarios), lo cual provoca su alejamiento de las esperanzas que el pueblo había puesto en ellos y en sus antiguas luchas.
A partir de esa instancia, el quiebre y derrumbe están a las puertas de los partidos que conforman la ‘neo izquierda’ (es decir, la otra izquierda, la que el pueblo considera deshonesta y servil, a la vez que muchos analistas políticos la bautizan como yanacona y traidora). Eso está acaeciendo hoy.
Al leer artículos, columnas, libros y revistas escritos por conocidos izquierdistas, uno queda con más interrogantes que respuestas, pues nada les satisface, nada les agrada y a ningún camino (ni siquiera al propio) le conceden validez.
Las opiniones van desde un apoyo reiterado al tambaleante bloque llamado Concertación, o a su refundación desde las bases populares (¿?), hasta la exigencia de una Asamblea Constituyente que impetra, como paso inexcusable, “que se vayan todos” aquellos que hoy ocupan cargos parlamentarios y/o dirigenciales en tiendas partidistas.
Pese a las cien diferencias que actualmente distinguen a los izquierdistas de todos los tonos y colores, existe por lo menos un par de asuntos en el que concuerda sin ambages el cien por ciento de ellos.
El término inmediato del sistema binominal aúna criterios más allá del sector izquierdista-progresista del arco político, ya que definitivamente no se trata de un ‘sistema’ como tal, sino más bien de una estafa en el amplio sentido de la palabra.
Por cierto, la derecha –tan ‘moderna y representativa’ del avance de los tiempos- entiende que poner término a esa estafa le significará, de inmediato, perder como mínimo el 30% de su representación en el Congreso Nacional, regresando por tanto a su histórico –y REAL- 30% de sufragios… a su perenne tercio del electorado.
Esa derecha interpone mil explicaciones banales a través de la prensa que controla, intentando convencer a moros y cristianos cuán “sano y democrático” es seguir con un evento estafador donde el 35% de los votos elige más representantes que el 60% de los sufragios.
Supongamos (y sólo supongamos) que este perverso y estafador sistema binominal no se conociera en Chile… y supongamos también (sólo supongamos) que la elite gubernativa cubana de los hermanos Castro decidiera establecer en la isla una estructura política similar al diseño del sistemita de marras.
¿Qué dirían entonces los derechistas miameros y los de Pelotillehue? Simple, fuerte y claro: que un sistema binominal como aquel es una estafa, una violación a la democracia, una burla de los dirigentes cubanos, una engañifa, un fraude “típico de las dictaduras comunistas”, una cobija para taparle la cara al macho del despotismo, etc., etc.
Y resulta, queridos hermanos en la fe democrática, que la izquierda chilena opina exactamente lo mismo respecto del sistema que impera en esta larga franja de tierra desde el año 1990, pero ni miameros ni ex pinochetistas –en este particular caso- salen en ardiente ataque contra la estafa binominal que permite en Chile torcerle la nariz a las matemáticas al oficializar estadísticamente que el 35% es igual o superior al 60% en la elección de parlamentarios.
Por el contrario, si para los derechistas este engendro parido por la fértil y fascista mente de Jaime Guzmán, en Chile resulta óptimo, conveniente, magnífico y ‘democráticamente justo’, si fuese aplicado en Cuba lo considerarían dictatorial, odioso y discriminador.
¿Alguien puede entenderlo? Es la ley del embudo…aunque en mi país (especialmente en las barras bravas del fútbol chileno) eso es conocido como “la ley del burro XXXXX”… al que le gusta penetrar, pero que no lo penetren.
El otro asunto que aúna el total de criterios de toda la izquierda chilena dice relación con la propiedad de los principales recursos naturales del país, muy especialmente los mineros.
Se ha escrito tanto (y tan bien) al respecto, que ahondar en detalles sería majadero e incluso, a estas alturas, inoficioso.
Para entender el problema en su esencia principal, basta recordar que el 70% del cobre chileno hoy se encuentra en manos de empresas privadas chilenas y extranjeras. ¿Y la nacionalización del cobre?, se preguntará usted. ¡¡A la mierda, pues!!
La Concertación, magnífica asesora doméstica de la derecha, permitió que el esfuerzo histórico de los trabajadores y la izquierda se fuera al tacho de los desperdicios, ya que refrendó la entrega casi gratuita de los nuevos centros mineros a la depredación transnacional -como Pascual Lama- sin que las mineras de habla enrevesada paguen impuestos dignos ni royalty similar al que cancelan en sus propios países de origen.
Las ganancias de esas empresas transnacionales (lícitas y lógicas dentro de un sistema ‘racional’ cuando se atienen a la ‘normalidad’), sólo por el cobre superaron los US$100.000 millones de dólares en 2003-2009. (equivalente lo anterior a un millón de viviendas de UF 2.500 c/u o 16 años de subsidio de US$500 por mes al millón de cesantes que hoy tenemos).
Tome lápiz y anote. En un cuarto de siglo, esas mismas empresas han obtenido graciosa y gratuitamente ganancias líquidas superiores a los US$250.000millones de dólares (sí, leyó bien: doscientos cincuenta mil millones de dólares), pero dejando en nuestro país un irrisorio, indigno e incluso despreciativo impuesto que no supera los US$10.000 millones de dólares (si estuviesen en sus naciones de origen, ese impuesto habría sido superior a US$80.000 millones de dólares, más el 10% de royalty pertinente).
¿Es necesario especificar aún más lo que la verdadera izquierda chilena desea?
Entonces, que la unidad por ella procurada y necesaria comience por esos acuerdos. Yo estoy dispuesto, y conmigo pueden contar.
Arturo Alejandro Muñoz
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