En Toscana

Publicado el ene 25, 2010 | Deje un comentario

 toscanaEl barco me dejó en Chivitavecchia, como a las siete de la tarde. En el puerto. Salí, le pregunté a un policía cómo llegar al estación de trenes. “Ni idea”, me respondió. Bienvenido a Italia, pensé.

Salí. Afuera del puerto había un estacionamiento gigante y miles de coches que hacían fila para entrar al barco. Al frente había un andén de tren, con unos vagones estacionados. Pero todo estaba vacío. No había ni siquiera una boletería. Volví al puerto. Descubrí un bus que viajaba gratis al centro. “¿Seguro que es gratis?”., le pregunté al chofer. “Sí”, me dijo. “¿Me deja cerca de la estación?”. “A unas cuadras”, me dijo, bonachón.

Una chica en el bus, italiana, también iba para allá, así que me senté cerca de ella. Nos bajamos juntos y la seguí y así llegué a la estación. La boletería estaba cerrada, pero yo sabía que el tren pasaba pronto. Tuve que sacar el tiquete a Capalbio en una máquina. Se me acercó una señora de unos 50 años, preguntándome donde podía sacar el suyo. Iba a otro pueblo pequeño, en la dirección opuesta. Le expliqué pacientemente cómo usar el automático. Parecía latina, pero no estaba seguro. Me agradeció mucho. “Grazie, caro ragazzo”, y se le iluminó la cara de un forma… Creo que hace mucho tiempo nadie era amable con ella. ¿Era muy fría Europa? Aún tengo su sonrisa de agradecimiento en mi recuerdo…

Luego llamé a Francesca y le dije la hora de llegada. Y me puse a esperar el tren, que pasaba por Capalbio y cuyo destino final era Pisa. ¿Valdría la pena ir a Pisa?, pensé. Días después, Fra me dijo que no, que lo único que tenía era la torre y nada más.

Llegó el tren. Me subí. El vagón estaba medio vacío. En una esquina, un hombre de unos cuarenta años, con cara de hippie, bebía cerveza en lata y leía una revista. Al frente tenía una mujer, también de cuarenta, llena de tataujes. Se ve que había sido una mujer hermosa, pero su mejor época ya había pasado. Ahora estaba vieja, destruida, igual que él. Ella le hablaba y él le respondía a rezongones, le decía que no le rompiera las pelotas, y ella se ponía peor y competían en quién subía más la voz. Yo esperaba un drama de pareja en cualquier momento. Parecía una escena de una peli de los hermanos Dardenne. Había sido jóvenes y luminosos. Ahora eran pobres y viejos.

El viaje demoró media hora. Me bajé, el tren partió. Estaba solo en el andén. Hacía calor. Nadie me esperaba. Casi nunca nadie me espera. Es lindo llegar y que esté mamá, un amigo, ella. Pero bueno. Había un bar abierto. Me senté en un banco. Era una noche estrellada.

Al rato llegó Fra. Nos dimos un abrazo. Estaba igual…

* *

La historia es más o menos así: Fra, con un amigo muy querido, iba a viajar a un país X, unos días de vacaciones. Fra estaba esperando a su amigo en el aeropuerto. Su amigo venía en tren. Algo pasó con el tren. ¿Qué pasó? No sé: se paró otro tren que iba adelante, se rompió una vía, hubo un conflicto gremial, quien sabe… cosas que pasan en Italia, donde “il ritardo” es común. Como sea, el amigo se retrasó. Cuando llegó al aeropuerto, habían perdido el avión. ¿Qué hacer? En la aerolínea les ofrecieron otros destinos. Uno era Túnez. ¿Por qué no? Se fueron a Túnez. Pasaron varios días en la capital. Un día, afuera de un bar, conocieron a dos tunecinos. Uno de ellos era Wajih. Wajih era boxeador y pintor. Sí, boxeador y pintor, de forma simultánea. Su padre había sido un boxeador famoso en Túnez, un campeón. En fin. Wajih y Fra se hicieron ojitos. Fra y su amigo se fueron de Túnez, pero los tórtolos siguieron en contacto. Y un día, Wajih se fue a Italia, a Capalbio. Colgó los guantes, se decantó por la pintura. ¡Y fueron padres! Sí, fueron padres. Al tren retrasado por quién sabe qué motivo en el norte de Italia terminó con un niño. Un niño precioso, por cierto.

* * *

Uno de esos días, Fra me llevó en coche hasta Giardino dei Tarocchi (Jardín del Tarot). Es un parque de esculturas en la mitad de la nada. O más bien dicho, en la mitad de la Toscana. Es obra de la fallecida artista francesa Catherine de Saint Phalle y allí hay reproducciones de distintas figuras del tarot. Todo es redondo, colorido, con una fuerte influencia de Gaudí.

Me paseé allí entre los turistas. Le saqué fotos a escondidas a una chica. Me senté solo a contemplar una figura. Vi el mar a lo lejos. Pensé en la vida.

Pasó la tarde. Fra me había dicho que no había transporte público, así que iba a tener que hacer dedo para volver a Capalbio. Eran más de diez kilómetros, dos horas caminando, así que decidí hacerle caso. Después de un hora me llevaron hasta un cruce, junto a una casa. Empezó a anochecer. Me puse nervioso. Encendieron la luz en la casa. Se asomó un niño negro por la ventana de un segundo piso, luego desapareció. Pasaba el tiempo y nadie me llevaba. De pronto, ya era de noche. Se escuchaban los murciélagos en los árboles. Hasta que de repente, tras un rato que se me hizo eterno, paró un coche. Me acerqué lentamente. Era una pareja de unos cincuenta. Les dije que iba a Capalbio. “¿Seguro que no eres un criminal?”, me preguntó el hombre. “No, no, soy periodista”, le dije. Subí. Parecían profesionales universitarios, ex militantes de los 70, reconvertidos en burgueses. Se fueron hablando entre ellos, intercalando algunas preguntas sueltas para mí (“¿Cuanto tiempo llevas en Italia?”, “¿qué haces en Toscana?”). Me dejaron en la plaza del pueblo.

* * *

La última noche antes de irme, Fra me llevó al restorán de sus padres. Ellos abrieron hace muchos años un lugar para comer en mitad del campo. En aquella época el propio dueño de casa, es decir, el papá de Fra, solía cazar los jabalíes que luego llegaban en un plato a la mesa de los comensales.

El restorán no queda a la vera del camino rural, al contrario, hay que adentrarse un poco para llegar. Tampoco hay cartel que indique como encontrarlo. Se llega “por dato”. Los clientes son la gente rica de Roma que va a la Toscana a descansar. Fra y Wajih trabajaban allí de vez en cuando de meseros.

Había poca gente cuando llegamos, sólo una parejita. El padre de Fra presidía una mesa, bebiendo una copa de vino. A mí me sirvieron tanto hasta que no pude más, y eso que tengo buen diente, pregúntenle a mis amigos. El plato de fondo fue carne de cerdo con pastas hechas allí mismo. Todo delicioso. Luego pasé a la cocina. Nunca había entrado a la cocina de un restorán, y quería ver cómo era. Me dejaron entrar. Había tres o cuatro mujeres (rumanas, me contó luego Fra), ollas gigantes, sartenes…

 Y afuera, la noche…


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