Carlos Cruz Coke Carvallo
El primero acaba de ser elegido Presidente y dice, voy a hacer un gobierno de unidad nacional. Los segundos, derrotados en la misma justa, dicen que sólo es un eufemismo, ya que para tener un gobierno de esas características sería necesaria una calamidad pública o una crisis. El primero señala, que esta muy abierto a llamar gente de la Concertación para conformar un gabinete de los mejores. Los otros dicen, por una parte que, cualquier militante de la D.C. que participe en el gobierno de la derecha, será pasado a un Tribunal Supremo, y por otra parte, un ex Presidente le señala al país que, si una persona acepta un cargo en el nuevo gobierno, no puede pertenecer a la Concertación. Yo quedé plop, y no es por las declaraciones que expongo en la columna sino, por los resultados que han ido generando en los últimos años esa manera de pensar y actuar. Mi primer recuerdo es la llamada de Bush, cuando nos dijo a todos los ciudadanos del mundo que, sino estábamos con ellos, estábamos en contra de ellos. Llamado, que sólo vino a destruir la ya deteriorada imagen del ex presidente norteamericano, incluidos los inventos de armas de destrucción masiva y la triste historia que todos recordamos. Luego, como expulsaron a Zaldívar de la D.C., de la misma manera como amenazan a cualquiera que participe en un gobierno que no sea el de ellos. Así también, a los Schaulsohn y muchos otros políticos que por tener diferencias de opinión, conducción y contenidos fueron arrojados de sus rediles de manera vergonzosa. Las primarias truchas que todos reconocen hoy, pero no ayer. En fin, fueron muchos los actos de intolerancia política que tuvo como costo, el concurso de los ciudadanos en la idea del país que nos ofrecían conducir por quinta vez. En estas últimas semanas la Concertación no ha acusado el golpe, no ha comprendido que los ciudadanos exigen nuevas maneras de hacer política, empleando el sentido común y el sentido de país, más en sintonía con lo que quiere el nuevo gobierno, que con las formas de antaño. Al final, lo que queda expuesto, es que el arco iris fundacional de la Concertación, donde todos cabíamos, es sólo parte del recuerdo.
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