La “democracia de los acuerdos” que conocimos a partir de la época de Aylwin, ha sido la negación de la democracia, porque lo que ha significado es la exclusión de la ciudadanía de las decisiones públicas, las que se manejan en aquel club cerrado del aliancertacionismo. Esta realidad se da dentro del diseño de la “democracia protegida” de Jaime Guzmán y que tiene por llave maestra el antidemocrático y fraudulento sistema binominal, único en el planeta y sólo utilizado anteriormente por la ya desaparecida dictadura comunista del general Jaruzelski en Polonia.
Los acuerdos son consustanciales a la democracia, pero ello sólo es valido cuando estamos ante democracias auténticas, como ocurre en Europa, en las que tales acuerdos tienen lugar en parlamentos representativos de la voluntad soberana, de los que nuestro poco representativo y excluyente Congreso Nacional, es un triste y lastimoso disfraz.
Antes de abogar por más acuerdos tenemos que asegurarnos que exista verdadera representatividad de los ciudadanos y ello pasa por eliminar el binominal, que impone un empate falso y permanente entre mayoría y minoría (33%=66%), con lo que los congresales no requieren hacer ningún mérito para eternizarse en sus escaños, ya que el voto ciudadano carece de todo valor ante el cuoteo (1 para la Alianza, 1 para la Concertación) que consagra el binominal.
Lo que se requiere para poner fin a la Transición y conseguir la democracia plena, no son más acuerdos espúreos, sino competencia real en la que el voto tenga valor y castigue o premie a los que compiten de acuerdo a su desempeño.
Debemos abogar por lo que plantearon todas las candidaturas diversas a la derecha en la última elección: la eliminación del antidemocrático y fraudulento sistema binominal y la aprobación de una nueva Constitución, que ponga término al presidencialismo de la actual y contemple la figura de un jefe de Gobierno o Primer Ministro, dejando al Presidente de la República sólo como Jefe de Estado y con un Parlamento unicameral elegido por un sistema electoral democrático.
Después de ello, podremos hablar de una democracia de los acuerdos que merezca tal nombre, porque la protagonizarían representantes legítimamente elegidos por el pueblo y no una tropa de carcamales despreciados por un electorado sin poder para deshacerse de ellos mediante el voto, en virtud del fraude electoral que representa el binominal.
En el intertanto, lo que hemos vivido y que Piñera invita a prolongar ad aeternum es una democracia de los conciliábulos, que protagonizan los apernados de siempre gracias a nuestra falta de democrácia. Rafael Enrique Cárdenas Ortega.
La “democracia de los acuerdos”
Publicado el feb 07, 2010 | 5 Comentarios
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