El Valiente y El Inocente: Hermanos de muerte y de vida.

Publicado el feb 26, 2010 | 2 Comentarios

nuevoPor Jaime Sierra Bosch 

El 25 de febrero se cumplieron 28 años del vil, cobarde y aleve asesinato de Tucapel Jiménez Alfaro. Este fue uno de los tantos hechos repudiables del régimen militar que sometió a país, durante los 17 años de la dictadura de la fuerza, impulsada con descaro por Augusto Pinochet Ugarte, principalmente. Para quienes vivimos tal época, resulta estremecedor reubicarse en los hechos mediante el uso de la memoria. La muerte de Jiménez, el heroico líder sindical, fue uno de los tantos acontecimientos nefastos ocurridos durante ese período, que resultó conocido por la popularidad de la que gozaba en el medio nacional este valiente hombre. Otros fueron conocidos por la espectacularidad de cada caso, como los distintos asesinatos en masa o en serie. Uno pudo pasar inadvertido, si hubiera tenido éxito el siniestro plan llevado a cabo por la infame camarilla asesina que lo fraguó y materializó, enlodando aún más al gobierno de entonces, pues sus integrantes formaban parte de los servicios de inteligencia del Estado. 

Prueba de su protervia, y para encubrir lo que fuera un error táctico con el anterior homicidio de Jiménez, como si un error pudiere corregirse con otro, y con el fin de encubrir la primera atrocidad, buscaron entre los más débiles a quien sería su chivo expiatorio, encontrándole en un humilde carpintero de Valparaíso, Juan Alberto Alegría Mundaca. Desde las más bastas técnicas psicológicas le fueron aplicados con el fin de obtener su confesión, hasta terminar con su muerte. Poco más de un año después, el 11 de julio de 1983, en la soledad y semipenumbra de su humilde morada, Juan Alberto fue hipnotizado, embriagado, hostigado, hasta hacerle firmar una inútil confesión del crimen de Tucapel Francisco, a quien no conoció. Luego, con toda sevicia, sus muñecas le fueron cercenadas hasta el hueso, inutilizando, en su estupidez, la primera para cortar la segunda. Los detalles macabros que siguen molestan. La vida se le fue como una luz apagándose, como canta Charly. Tucapel Francisco era un hombre de lucha, estaba conciente del peligro que corría. Aún así, nada justifica su muerte, despreciable en la forma como en sus motivaciones, muerte infructuosa para la dictadura, pues, como suele ocurrir, los mártires hablan aún más desde sus tumbas. En cambio, Juan Alberto era inocente. Desconoció el motivo de su sacrificio. 

Ambos, Tucapel Francisco y Juan Alberto, El Valiente y El Inocente, fueron hermanados en la muerte, y disparados al futuro, a la vida de los otros, por quienes quisieron acallarlos. Sus vidas nos fueron dadas como la carne del cordero para alimentar el futuro, para alimentar nuestra sociedad, para que esta se nutra de verdad y justicia, que provean de luz a nuestros asustados ojos. Que sirvan como ejemplo, pero no como un ejemplo estéril. Que sirvan para que, de verdad, esto no ocurra nunca más en Chile, para que nunca más. ¿Podremos cumplir tal compromiso con ellos? 

JSB.


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