La Derecha, ¿cuándo devolverá lo que saqueó al Estado Chileno?
Por Alejandro Lavquén
Tras el terremoto del 27 de febrero y el embate del Océano Pacífico, comenzó el balance de lo ocurrido. Abundan las críticas a las autoridades. Éstas se centran en el poder Ejecutivo y ponen el acento en la demora para movilizar ayuda a las zonas afectadas. También en los problemas de comunicación surgidos entre instituciones civiles y militares destinadas a prevenir y resolver emergencias. Por otro lado, está el asunto de los saqueos en varias ciudades devastadas, de lo que se deriva una situación que la prensa se ha empeñado en calificar –tendenciosamente- de terremoto moral.
El gobierno y las fuerzas armadas, en las primeras horas después del sismo, dejaron al desnudo descoordinación administrativa y graves inconvenientes de comunicación y prevención ante la catástrofe. Es cierto que nadie podía preveer lo sucedido, pero con las experiencias telúricas que hemos sufrido era de suponer que existía la tecnología y coordinación suficiente para actuar con mayor premura. En todo caso, considerando la magnitud del terremoto y el extenso territorio que abarcó, las cosas se van resolviendo, lenta e incompletamente, pero se van resolviendo. Los gritos de histeria y alarmismo de ciertas autoridades, como la alcaldesa UDI de Concepción, se han ido morigerando y ya no son elementos que, más que ayudar, sirvieron para alimentar el caos y la enajenación.
Sobre la ola de saqueos, retransmitidos una y otra vez por la televisión, es verdad que grupos de delincuentes se aprovecharon de la situación e iniciaron una escalada de robos, pero fueron los menos. En cuanto a los damnificados que, en algunas ciudades, enajenados por la desesperación y el terror, comenzaron a sustraer alimentos de los supermercados, es atribuible a la situación que se vivía. Recordemos que estas personas no tenían luz ni agua, sus casas estaban destruidas y carecían de alimentos. Además estaban incomunicados. Entonces comenzaron a buscar comida en los supermercados y almacenes, desembocando todo en una situación incontrolable. Ante el caos, el gobierno decidió sacar a los militares a la calle, lo que provocó incluso aplausos. La estrategia comunicacional encabezada por la derecha y sus medios de comunicación había dado resultado y la desidia del gobierno pagaba los platos rotos. En tanto, generales y almirantes cuestionaban implícitamente al Ejecutivo por la tardanza en reaccionar. Los mismos militares que no tenían ni siquiera un waki-toki para comunicarse entre ellos. Tal vez no les alcanza, para poder comprarlos, con el 10 % del cobre que se llevan todos los años.
Acerca de lo ocurrido, Carlos Larraín, presidente de RN, el partido de Sebastián Piñera, ha dicho que la causa de los saqueos se encuentra en “el fracaso rotundo de la fórmula liberal socialista”, afirmación que en el fondo pretende develar un relativismo moral inculcado a la sociedad por los gobiernos de la Concertación, a la que además acusa de fomentar el individualismo y egoísmo. Los dichos de Larraín demuestran el cinismo de la derecha. El presidente de RN, al querer culpar de la génesis de estos males a sus opositores, sólo quiere endosar las culpas de su sector. El señor Larraín pretende poner un velo a las causas reales de la enajenación que llevó a sumarse a los saqueos a ciudadanos de clase media, porque de los pobres no se habla. El caldo de cultivo de la enajenación social se encuentra en la mala distribución del ingreso, en la explotación acompañada con sueños de paraísos que los trabajadores jamás podrán disfrutar. Porque la plusvalía sólo la disfrutan oligarcas y grandes empresarios. El terremoto simplemente abrió una válvula de escape contendida por años. Le recuerdo al señor Larraín que durante la dictadura, que él apoyó, sin necesidad de ningún terremoto, su sector saqueo a destajo al Estado*. Es decir, se echó al bolsillo lo que era patrimonio de todos los chilenos. Hasta el día de hoy no devuelven nada. En esta ocasión, aquella parte del pueblo que incurrió en los desmanes, al salir de su estado de enajenación y darse cuenta del error, ha comenzado a devolver lo hurtado. La derecha ¿cuándo devolverá lo que saqueó al Estado de Chile?
El terremoto moral comenzó en Chile el 11 de septiembre de 1973. Desde ese momento se dio inicio a un proceso que destruyó la educación pública y despolitizó a las masas. Un pueblo educado, principalmente en materias cívicas, de derechos humanos y sociales, con una intensa politización, habría reaccionado de mejor manera ante la adversidad que vivimos. La conciencia política conlleva mayor organización y comunicación. Si hubiesen existido, por ejemplo, juntas de vecinos y sindicatos poderosos, ligados fuertemente con la gente de cada comunidad, la capacidad de reacción habría sido distinta. La fragmentación social, el individualismo y el egoísmo fueron impuestos por la derecha pinochetista y el modelo económico neoliberal. Y ante las catástrofes, se manifiestan en todo su esplendor, aunque posteriormente surja la solidaridad, la que es, por lo menos, una esperanza. La que no tiene esperanza es la Concertación, que durante veinte años implementó y utilizó las políticas que la derecha impuso en Chile a sangre y fuego. Su complicidad hoy la están pagando cara.
* Ver el libro de María Olivia Monckeberg:. El Saqueo de los Grupos Económicos al Estado Chileno (Ediciones B).




































Cría cuervos.
Es sabido que ante las crisis, personales o colectivas, el ser humano se hace cargo de su creatividad, compone la obra maestra de su vida y traduce en ella el cúmulo de aprendizajes que le permite actuar con autonomía. Emergen las conductas que lo definen como ser social y dejan en evidencia la dinámica y estructura de su personalidad. En situaciones críticas el ser humano puede “elegir” su actuar de acuerdo a su entendimiento de los conceptos de libertad, solidaridad. El ser social se forma desde el primer contacto íntimo del infante con la teta que nutre su universo, pasando por el núcleo básico relacional de la familia la que lo inicia en su aprendizaje cultural para no detenerse jamás. Es en la convivencia en donde el ser social encuentra los referentes de su actuar, de su sentir, de su amar y en este sentido el modelo educativo tiene una importancia fundamental porque no se prepara a las personas sólo para asumir cargos formales sino para relacionarse en todos los ámbitos de su existencia. Es decir, estamos preparando para la vida cuyo fin último, de acuerdo a los filósofos de la educación, es la felicidad y el bien común.
El horror que vivimos ante la situación crítica del 27 de Febrero y en la que tuvimos la oportunidad de observar qué es capaz de crear el ciudadano común debe ayudarnos a reflexionar a cerca de qué parámetros hace uso ese mismo ciudadano para su actuar, su sentir y su amar. Cómo entiende este ciudadano el concepto de libertad y por qué no elige al colectivo sino a su “ser individual”. La cultura del éxito es lo se que ha venido viviendo en Chile en las últimas décadas. En las próximas horas un exitoso empresario asumirá el mando de nuestro traumatizado país y lo hará en el peor escenario. Mientras este exitoso empresario subía en la escala de los hombres más adinerados de Chile con todo a su favor para enfrentar sus desafíos personales, junto con otro porcentaje de chilenos que lo tenían como modelo aspiracional, nosotros enfrentábamos la vida con todo en contra. El Chile de hoy no es el mismo que históricamente ha experimentado las catástrofes que nos definen y así, las creencias que se traducen en actitudes han sufrido la misma metamorfosis de la traumatizada geografía. Porque para que nuestro próximo presidente lograra su cuantiosa fortuna y más tarde la totalidad del poder (porque no bastaba sólo el poder del dinero) fue necesario redefinir y acotar aquellos conceptos que por lo poco cuantificables se hacían incomprensibles para este grupo de calculadores.
Los que conocimos la educación del Chile pre-dictadura no escuchamos hablar del concepto diversidad porque aquella estaba integrada a lo cotidiano. De esta forma, convivir en un establecimiento experimentando la diversidad cultural y socio-económica le permitía a los niños y jóvenes actuar como un regulador natural de la conducta de aquellos otros niños o jóvenes que se escapaban de los ideales de buena convivencia. El concepto diversidad aparece tras la penosa experiencia de la educación segmentada -municipal/subvencionada/particular- donde obviamente la práctica de la libertad propuesta por Friedman se hizo evidente y redefinió el concepto. La libertad es entendida entonces como la libertad de elegir, pero el elegir tiene que ver con lo que se puede pagar. Los colegios se transformaron en una vitrina aspiracional para familias que poco a poco empezaron a aceptar como parte natural del proceso educativo las pruebas de selección a partir del Kinder, sin reparar que este es un acto evidentemente discriminatorio, perverso e inútil. El rol del estado se redujo a indicar los lineamientos mínimos y básicos para el tipo de ciudadano que se pretende formar e integrar a la sociedad, dando una amplia libertad de acción a las empresas encargadas de la gestión educativa. Porque la educación hoy es una empresa modeladora de un ciudadano hábil en el consumo, irreflexivo en el pensar, ignorante de su historia, ajeno a los procesos, individualista en el actuar y está en manos de empresarios que de educación saben tanto como de la Teoría de la Relatividad. Lo que sí conocen a la perfección estos empresarios es el arte de la publicidad para no sucumbir a la oferta. Una publicidad a bajo costo, que utiliza a los mismos niños para promocionar sus productos. El arma: las pruebas de selección y de calidad de la educación que acentúan aun más las diferencias, excluyen del proceso a aquellos “otros” niños que no se adaptan al ritmo de aprendizaje del estándar o no alcanzan el nivel mínimo de competencias intelectuales o cognitivas.
Impactante el slogan del cambio, pero ambiguo y vacío de contenido. Lo cierto es que un verdadero cambio debe partir por el cambio de nuestras propias percepciones. Debemos asumir que nuestro modelo educativo merece por lo menos discutirse. Una institución educativa puede considerarse como tal cuando acoge y contiene a todo aquel que lo necesita, porque su función es educar, no seleccionar con fines publicitarios. Debemos entender por otra parte que un educador no está al servicio de su empresa sino de la sociedad y que su función no es atender a aquellos sujetos que tengan más habilidades y el carácter para seguir desarrollándose si tropiezos. Porque un verdadero educador se demuestra como tal precisamente con aquellos que menos habilidades tienen y más sacrificio y entrega nos demandan. Así las cosas, no nos deben extrañar los actos individualistas y delincuenciales de personas que en otro tiempo y en las mismas circunstancias hubieran actuado en pro del bienestar colectivo, organizándose ante la adversidad, llevando consuelo con su solidaridad. La educación debe humanizarse y sólo entonces podremos validarnos como referentes en cuanto al actuar conscientemente, el sentir profundamente y el amar desinteresadamente.