Hace tiempo me lo preguntaba: ¿debería escribir algo sobre las elecciones en Chile? Después de todo, esta columna suele ser de viajes. Luego pensé que algún día me gustaría leer qué pensaba yo de aquel año que Piñera ganó la elección. Y por eso escribo ahora desde Buenos Aires, donde vivo.
Aclaro que estuve en Chile para la primera vuelta, de visita. Iba a votar nulo. Siempre voté a los candidatos del PC, pero esta vez Arrate no me convencía. Arrate era de la Concertación y yo lo recuerdo como embajador y ministro de Aylwin y Frei, más que de Allende. Como renovado, más que como “socialista de antes”. (Los renovados me parecen detestables. ¿Cuál es la diferencia entre un socialista renovado y un traidor?). Pero resulta que viajé a Chile con un amigo italiano, Giovanni, y él me contó que cuando los jóvenes de izquierda como yo empezaron a votar nulo en Italia, la izquierda desapareció. De hecho, el Partido Comunista, que llegó a ser el tercer partido de Italia, en los 90 se desintegró y hace poco dejó de estar en el Parlamento. Y hoy gobierna Berlusconi, el Piñera italiano. Así que me convenció. Porque cuando uno vota por la izquierda, es un voto de izquierda. Cuando uno vota por la derecha, es un voto de derecha. En cambio, un voto nulo es vapor, no se sabe qué significa. Puede ser de derecha, nazi, o anarco. Igual que la gente que no vota, que no está inscrita. No sabemos lo que piensan. Políticamente no existen. Delegan el poder del gobierno en otros votantes.
En fin. Voté por Arrate. También por Claudio Narea como diputado. (Voto en Quinta Normal). Me cae bien Narea. Sacó 10 por ciento, no salió, pero bueno, después de 10 años votando ya me acostumbré a que no gane ninguno de mis candidatos.
Para la segunda vuelta estaba en Argentina. Afortunadamente no me tocó la disyuntiva Frei-Piñera. Al principio pensaba que en caso de votar habría anulado, pero los últimos días dudé. A lo mejor debía darle mi voto a Frei. Sí, a Frei, el que liberó a Pinochet de su arresto en Londres, el Frei que terminó de privatizar Chilito. Sí, a la Concertación, a los que vendieron Chile, a los que transformaron el país en un gran shopping, a los que cotizan el alma de Chile en Wall Street. A los que le echan la culpa a la derecha por no aprobar varias leyes (cosa que es cierta), pero que tampoco lo hicieron cuando tuvieron mayoría (la tuvieron). A los que hicieron que los pobres vivieran un poco mejor y los ricos mucho pero mucho mejor. Los que terminaron sentándose en la mesa con los milicos y los patrones, como los chanchos terminaron sentados con los humanos en “La granja de los animales”. (Gran libro. Gracias, Raquel, por tus clases de filosofía, las recordaré siempre). Sea como sea, no me tocó votar. Vi la elección desde mi Buenos Aires querido. Con Sandra seguimos los comicios viendo Canal Trece por Internet.
Fue raro. En la tele anunciaron el triunfo (cantado) de Piñera, luego vino la felicitación de Frei, las celebraciones en la Plaza Italia, en Apoquindo. Pero allá lejos, al otro lado de la cordillera.
Ahí me alegré de no estar allá. Conociéndome, me habría deprimido. Me habría dado rabia. Me habrían dado ganas de salir a quemar una micro, de tirar la tele por la ventana. Habría jurado, por décima vez, que iba a irme de Chile. Nada de eso sucedió. Me fui de Chile hace siete años. El triunfo de Piñera llegó como un eco lejano. No volví el lunes siguiente a la oficina o a la universidad preguntándome cuál de estos conchesumadres habrá votado por Piñera. No. No me amargué, no me acosté maldiciendo. Llamé al profe Timmermann, para que me diera su análisis. Hablamos largo rato.
Para mí Chile es un caso perdido, un paciente irrecuperable. Un muerto. Por eso me fui y espero no volver nunca más (nunca más), aunque no quiero escupir al cielo. Chile tomó un camino que no comparto. (A la fuerza, primero, transando, después). Ya lo dijo Patricio Bañados después del plebiscito del 88: “el No sacó más votos, pero ganó el Sí”. Que les vaya bien en su aventura armamentista, consumidora, pronorteamericana, provinciana, chauvinista. Sandra lo dijo bien: “Piñera no es más que la guinda de la torta”. Yo creo que Piñera es un producto de la Concertación. La Concertación le pavimentó el camino a Piñera. Despolitizó a la sociedad, desmovilizó a los sectores populares, optó por el modelo económico de la derecha. (Con matices, claro, pero los matices son eso, matices). Siempre prefirió pactar que hacer un camino propio (prefirieron pactar con El Mercurio que salvar a La Época, y ahora no tienen ni siquiera un diario. Qué falta de visión estratégica). ¿Qué diferencia había entre Frei y Piñera? Eran diferentes, claro, pero no lo suficiente para distinguirlos. Ambos eran empresarios, veraneaban juntos, se conocían de chicos. Incluso tenían una matriz común, la Democracia Cristiana. Eran tan parecidos que Frei no tuvo problemas e ir y abrazarlo tras reconocer su derrota. Como si hubiera sido la carrera presidencial entre dos hermanos.
Eso sí: no hay que perder de vista que gracias al excelente trabajo de despolitización de la Concertación en estos últimos veinte años, sólo votó el 60 por ciento de los chilenos. O sea que a Piñera lo eligió un 30 por ciento.
Ahora yo me pregunto: ¿Qué quiere la derecha? Ya son dueños del país, de todos los malls, todos los diarios (está bien que tengan dos o tres diarios, ¿pero tienen que tener todos los diarios?), todos los canales, todas las fábricas, sus familiares son líderes en la Iglesia, el Ejército, el Parlamento, ¿no les bastaba con eso? Se quedan hasta con los aportes previsionales de los trabajadores. ¿No es suficiente? Se ve que no. Son como esa caricatura de Manolito, el comerciante amigo de Mafalda, que quiere “más, más y más”, hasta la locura. Me dan arcadas.
Luego, hace pocos días, leí sobre el gabinete de Piñera. No esperaba otra cosa, claro. Los nombres de los egresados universitarios made in USA, con casa en Vitacura, los apellidos vinosos… Me pregunto: ¿conocen Chile? ¿Alguna vez tomaron micro? ¿Compran el pan en la esquina? ¿Conocen el Paseo Ahumada? ¿O su conocimiento proviene de las cifras, la tele? Que Dios nos pille confesados.
Aunque a lo mejor en todo esto hay una oportunidad. Mi madre siempre lo dice: “de algo malo puede salir algo bueno”. Es verdad. (Michael Moore habría sido imposible sin George W. Bush. Bolaño no habría sido lo que fue sin el exilio. Allende murió en La Moneda, pero entró en la Historia, y por la puerta ancha. Gracias, Chicho. Muchos pueblos del mundo hubieran querido tener un político de tu estatura. Te quiero y estarás en mi corazón por siempre). Sólo que aún no sé qué es lo bueno en este caso. Todo está muy encima.
Napoleón una vez dijo: “si quieres conocer a alguien, dale poder”. Aunque ya los conocemos de la dictadura, tendremos otros cuatro años, esta vez de “derecha democrática”. Los que siempre han manejado los hilos entre bambalinas pasan a enfrentar las luces del escenario. Veremos qué pasa.
Foto: Giovanni Cervioni.
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