UNA MUY BUENA AMIGA, periodista y crítica literaria, Carla Morales, quien acostumbra corregirme algunas de mis apreciaciones explicitadas en artículos que suelo escribir para distintos medios virtuales, ahora me ha sorprendido con un escueto correo que alertó mis recuerdos, tanto como esos dormidos ideales que siempre intentan despertar al ser remecidos por situaciones como la que acabo de referir.
Carla ha terminado de leer uno de los libros escritos por la periodista canadiense Naomi Klein: “La doctrina del shock”, cuya temática principal es la crítica al capitalismo y al establishment neoliberal que se ha apoderado del planeta, lo que en el fondo resume la historia no oficial del libre mercado. Desde Chile hasta Rusia, desde Sudáfrica hasta Canadá la implantación del libre mercado responde a un programa de ingeniería social y económica que Naomi Klein identifica como «capitalismo del desastre».
Sobre estos temas, mi amiga Carla me hace partícipe de sus más quemantes aprensiones, mismas que en su calidad de periodista profesional exigen respuestas argumentadas, pero que, en este caso particular, dispongo sólo de un mínimo insuficiente.
El libro de la periodista y escritora canadiense Naomi Klein me ha dejado perpleja. Ella plantea que la política dictatorial y coercitiva es inherente al capitalismo, o más bien al libre mercado, presentando una serie de pruebas bien fundadas que dejan pocas dudas respecto de la veracidad de su afirmación.
Pero una de las cosas que más me impactó fue que, tal como ella afirma que se hizo con los pacientes (víctimas de torturas) de electroshock para lavarles el cerebro y hacerlos retroceder en sus pensamientos, madurez, etc…, formo parte de una sociedad que tiene una mente “borrada”, soy hija del terror, del miedo a pertenecer a un partido político o de expresar ciertas ideas, por ejemplo. Miedo que se ha ido borrando de a poco, pero siempre está ahí presente.
Siempre me he preguntado cómo era el Chile de antes en que el gasto social era mayor, la salud mejor, la educación mejor. ¿Éramos más solidarios, menos individualistas?¿Cómo era tener sindicatos fuertes?, ¿cómo eran las escuelas públicas? ¿cómo era la cultura y el acceso a ella?
No puedo creer que nuestro país haya sido solidario alguna vez. No logro vislumbrarlo, no logro vislumbrar que haya existido una igualdad, una clase media realmente fuerte, porque al final la gente del campo sufrió y sufrió y sufrió, hasta casi con Allende.
Porque al final el libre mercado es la teoría del individuo sobre la masa, de que lo único importante es uno mismo y lo demás no interesa.
USA nos conquistó con su libre mercado tal como lo hizo España hace cinco siglos, borrando nuestra mente y haciéndonos retroceder como sociedad. ¿Seremos capaces de recuperarnos?, ¿y cómo, si ni siquiera sabemos como hacerlo y si, además, los que pudieron hacerlo no lo hicieron (me refiero a la Concertación que al final siguieron con el libre mercado no más).
¿Realmente funcionaba el “desarrollismo” de los años ’50, en que el estado era el eje de la economía, con aranceles a los productos exportados más altos, una economía cerrada, etc?
Me he permitido agregar una pregunta más a las anteriores. Los desastrosos efectos provocados por el megasismo que sacudió cinco regiones chilenas, ¿provocará cambios en las actitudes, valores e ideales de la población? Quizá sea eso lo que mi amiga inquiere como tema de fondo, pues sus percepciones no respondidas apuntan a realizar una comparación entre aquel Chile más ‘estatal’ y este de hoy, dominado por el neoliberalismo.
No es fácil satisfacer las interrogantes anteriores, ya que hacerlo implicaría –una vez más- desarrollar un largo periplo de crónicas, apuntes y ‘papers’ como material complementario de extensas conversaciones relativas al pasado cercano (¿o ya es lejano?) de Chile. He recomendado a mi amiga Carla revisar algunas obras escritas por historiadores y sociólogos de fuste, específicamente aquellas que han publicado Gabriel Salazar, Alfredo Jocelyn-Holt y Felipe Portales. Además, en cuanto a monografías menores, me permití recomendarle mi propio libro, titulado “Con los ojos de mi padre”, que puede bajar –gratuitamente- de la biblioteca virtual argentina www.librostauro.com.ar.
Pero, intentando responder en escasas líneas las aprensiones planteadas por mi amiga, es posible asegurar que el de antes resultaba ser un Chile más solidario, muy provinciano, nada de aburrido (pues la bohemia era tan voluminosa como la actual, pero de mejor tono), algo cartuchón y cinicote, donde el ‘desarrollismo hacia adentro’ funcionaba en la medida de lo posible, como diría Patricio Aylwin, pero en materias de educación profesional existía realmente la tan mentada ‘meritocracia’, ya que a las pocas universidades existentes en aquella época ingresaban, de verdad, sólo los mejores.
Y agreguemos algo más: los estudios universitarios eran gratuitos e, incluso, los Departamentos de Bienestar Estudiantil sitos en universidades como la Católica, la ‘U’, la Usach y Concepción, otorgaban ayudas económicas (menores, es cierto, pero sin devolución) a los estudiantes más carenciados.
En esos años, la política tenía un cierto encanto, un ‘charme’que hoy se encuentra no sólo ausente sino también lejano y fuera de lugar ante el volumen de hipocresía y búsqueda del dinero por sobre todas las cosas (incluso por sobre Dios, el país, la familia y la propia conciencia).
Había también –en ese entonces- respeto por la jerarquía sustentada no sólo en la autoridad per se, sino en la sapiencia y el esfuerzo emanado de la experiencia que otorgan los años. Hoy, todo eso no es más que “basura propia de la inservible tercera edad”…como si aquellos que agraden verbal y políticamente a viejos y viejas tuviesen comprada la juventud eterna. Esos que así hablan están desafiados a llegar a los 65 años, pues en caso contrario tienen condena de muerte anticipada.
Por cierto, eran años de mayor pobreza, de humildades exultantes que, sin embargo, no significaban complacencia ni cobardías (como ocurre ahora) pues, quien más quien menos, se esforzaba por construir a sus hijos un presente y un futuro sin sobresaltos, pero tampoco procurando lujos orientales ni comodidades inefables impetradas por la locura del exitismo consumista.
Era la época en que se disfrutaba en todo su esplendor un simple día de campo, o de playa. Era le época en que se valoraba el paisaje de la cordillera, el nuevo asfalto de una avenida y el último éxito de un cantante nacional.
Era, en fin, la época apropiada para crear maravillas en literatura, pues ahí estaban los ejemplos de esos ‘monstruos’ llamados Neruda, de Rokha, Mistral, Huidobro, Coloane, Oscar Castro, Rojas, Donoso, la Bombal, que junto artistas de envergadura planetaria como Mata, Violeta, Arrau y Dávalos –entre muchos otros que mi débil memoria ha olvidado- posicionaron a este pequeño, largo, angosto y aislado país llamado Chile en la galería de los grandes del universo de las artes.
Hoy los nombres han cambiado de la misma forma en que se han trastocado los oficios y la cultura en serio. Ya no se aplaude ni respeta a los poetas, a los profesores, a los pintores, a los músicos, a los escultores…nooooo…ahora se rinde pleitesía solamente a los individuos que son exitosos en materias económicas, y apellidos como Luksic, Claro, Piñera, Cruzat, Ibáñez (que compiten con el de algunas bien remuneradas bataclanas de la farándula televisiva), reemplazan en el imaginario colectivo a los Neruda, Encina, Castedo, Bru, y demases.
Estamos en pleno proceso de la llamada “generación del YO”, donde no tienen cabida la solidaridad ni las utopías sociales. Es la era del afán bancario y del ilimitado horizonte del ‘tener’ más que del ‘ser’. Ya no interesa ni tampoco importa enterarse de la calidad moral y educacional del vecino, pues ahora sólo llama la atención y despierta el respeto saber cuánto dinero gana mensualmente y qué marca de automóvil estaciona en su antejardín.
Entonces ¿qué hemos ganado y qué hemos perdido? Por cierto, nuestra inocencia provinciana es cosa del pasado, así como también el viento del modernismo neoliberal se llevó valores que otrora eran parte de nuestra idiosincrasia, pues la solidaridad, la modestia, el esfuerzo y trabajo en equipo, la bonhomía y el respeto a nuestros valores, fueron finalmente asfixiados por las ‘ganancias’ actuales, tales como la perenne búsqueda del dinero (sin importar la forma), la tecnología accesible para las mayorías mediante el endeudamiento feroz, el consumismo desatado, la pérdida absoluta de los valores identitarios, el individualismo, el exitismo y, además, la notoria despreocupación por la cultura, la política y la ‘cosa pública’.
A través del accionar de los consorcios empresariales nuestro país se encuentra inserto en el mundo globalizado como un eslabón más de la acerada cadena economicista; el problema es que los chilenos carecemos de un territorio propio, ya que este lugar geográfico, donde estamos parados hoy día, pertenece en un 80% a empresas transnacionales cuyas banderas, lenguajes y valores se oponen en los hechos ciertos a que nuestra nación abrace idearios sudamericanos y se sume a la hermandad latina, renunciando no sólo a nuestras raíces sino también a la propia conciencia de patria.
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