Auténticos fariseos se encarnizan con figura de Marcial Maciel

Publicado el mar 26, 2010 | 30 Comentarios

Raúl Gutiérrez V., editor del periódico creyentes.cl

EN EL ÚLTIMO tiempo se han venido conociendo nuevos antecedentes acerca de los abusos sexuales y otras arbitrariedades incalificables que perpetró en su larga vida, que concluyera en 2006, el fundador de la poderosa congregación católica Legionarios de Cristo, padre Marcial Maciel, pero la difusión de un informe especial por parte de Televisión Nacional de Chile amplificó el escándalo en nuestro país, haciendo recordar lo sucedido en Colonia Dignidad, cuando este reducto filonazi era controlado a su antojo por Paul Schaefer y sus acólitos.

Los numerosos actos de pedofilia en perjuicio de seminaristas adolescentes han venido a sumarse a sucesivos escándalos dados a conocer desde los años noventa contra cientos de sacerdotes y no pocos obispos en diferentes países y regiones del mundo, a los cuales se agregan innumerables violaciones de mujeres, incluso de religiosas. Al lado de estos actos tan repudiables, la mantención de amantes o de parejas estables, más o menos clandestinas, con el quebrantamiento consiguiente de la ley del celibato al que están sometidos los sacerdotes católicos romanos, parece un pecado menor, aunque a menudo ello ha ido acompañado del no reconocimiento de los hijos surgidos de estas relaciones..

Las tropelías sexuales y los abusos con dineros donados a la comunidad religiosa contrastan con la aureola de santidad que Maciel se esmeró de promover al interior de la Iglesia y dentro de la congregación que él fundara, en la cual impuso por otro lado un férreo culto a la personalidad y una disciplina propia de una secta, en la cual él concentraba prácticamente todo el poder.

Es este cóctel indigesto el que explica en buena medida, la virulencia de las reacciones que este caso ha suscitado entre quienes profesan una agresiva actitud contra la religiosidad en general.

Para los católicos, las revelaciones acerca de la vida del padre Marcel Maciel han significado un golpe devastador, sobre todo porque vienen a sumarse a tantas otras denuncias fundadas que erosionan, por cierto, la legitimidad de las posturas de la jerarquía católica respecto de la ética sexual, a la cual los clérigos son tan aficionados, al punto de proyectar a menudo la imagen de que el sexto mandamiento, el que alude a la fornicación, está antes que el primero, que se refiere al amor. El abuso contra niños y adolescentes, por otro lado, agrava la distancia entre las nuevas generaciones y el cristianismo en general, dificultando la evangelización de niños y jóvenes, al crear una barrera de desconfianza que seguramente tendrá indeseables efectos en el mediano y largo plazo.

Equivocadamente, ya que entre los pedófilos varones y mujeres abundan los que llevan una intensa vida sexual con adultos, esta sucesión interminable de escándalos constituye para un vasto sector de católicos un argumento poderoso a favor del levantamiento de la absurda norma que exige el celibato a los varones que desean abrazar el sacerdocio, lo cual permitiría invocar la sabia sentencia popular de que “no hay bien que por mal no venga”. Al mismo tiempo, debiera llevar a los miembros de la jerarquía católica, partiendo por el propio Papa, a asumir una actitud más humilde a la hora de pontificar en materia de ética sexual, ya que a todas luces el estamento sacerdotal en su conjunto aparece con un tejado de vidrio ante los fieles y el conjunto de la población.

LOS EFECTOS DE LA TRANSPARENCIA
Es muy probable, como lo plantean algunos de los más acerados críticos de estas conductas, que ellas no reflejen una degradación de las generaciones recientes de clérigos. La brecha entre la prédica y la praxis se arrastra desde hace siglos; en rigor, está en la naturaleza humana. Es algo que a los comienzos del cristianismo, Pablo percibió también con estremecedora lucidez, al declarar “quiero hacer el bien y hago el mal”.

No habría, pues, que escandalizarse tanto con las denuncias que surgen por doquier, ya que las aventuras sexuales de sacerdotes y monjas constituyen desde tiempos inmemoriales una constante histórica y la única diferencia radicaría en que en las últimas décadas ha habido una mayor difusión respecto de estas conductas reprobables. Cualquier ciudadano medianamente ilustrado que haya leído por ejemplo “El Decamerón” o “El libro del buen amor”, obras señeras de fines de la Edad Media, habrá encontrado testimonios en clave jocosa acerca de la liviandad de costumbres que a la sazón imperaba en muchos conventos y monasterios. En los albores del Renacimiento, la corte papal llegó a extremos que incluso hoy resultarían escandalosos y proporcionaron argumentos al monje agustino Martín Lutero para iniciar la reforma de la corrupta institución eclesial.

Por otra parte, la condena del intercambio sexual de adultos con menores de 18 años es una novedad absoluta de los tiempos que corren. Hasta hace tres cuatro generaciones en el mundo occidental y todavía hoy en vastos sectores del planeta, la costumbre es que las niñas sean incorporadas a la vida sexual activa apenas cruzan la barrera de la pubertad. Nuestras tatarabuelas se casaban y empezaban a tener hijos a los 14 años e incluso antes, a menudo con señores que ya a los treinta o cuarenta años parecían de avanzada edad. No deja de ser una paradoja, en tiempos de un notorio relajamiento de las conductas sexuales, que mientras se permite la entrega de la píldora del día después a niña de 14 años sin que sus padres sean advertidos, yacer con alguien de esa edad constituya un grave delito para el mayor de 18 años que se involucre ese acto.

Así, pues, las exigencias y los criterios acerca de lo permisible han cambiado, pero lo que más ha cambiado es la capacidad de escrutinio de las conductas de las personas que se yerguen en referentes morales o públicos. Durante largo tiempo prevaleció en los países que formaban parte de la llamada cristiandad una actitud de temor o respeto reverencial ante los clérigos, lo que facilitaba la impunidad de los actos de sacerdotes, religiosas y obispos, pero el avance de la secularización, la mayor independencia de los medios y al fortalecimiento de la opinión pública, que exige más transparencia, han provocado que ahora las conductas desviadas de políticos, artistas, personajes públicos y por cierto de sacerdotes y obispos dejen de estar cubiertas por el tupido velo de la discreción.

Este sería un argumento adicional, entonces, a favor de la revisión de la exigencia del celibato sacerdotal y de la superación de la brecha artificial entre laicos y sacerdotes al interior de la Iglesia Católica, pero tendría al menos la virtud de evitar un mayor desánimo en las filas de los católicos. No estaríamos en presencia de un deterioro adicional de la conducta de sus pastores, sino que en los tiempos que corren se conocería más transparentemente una forma de actuar que se arrastra por muchísimo tiempo.

Un mínimo de objetividad exigiría, claro, dejar constancia de que la caída de un árbol provoca más ruido que el crecimiento de un bosque entero. Nunca será justo afirmar que la mayoría de los sacerdotes arrastran vidas que avergüenzan a los suyos; por el contrario, son muchos los que dedican sus existencias al servicio de sus hermanos, lindando a veces en el heroísmo.

MALOS INSTRUMENTOS EN MANOS DE DIOS
Imposible resulta para un creyente, al conocer detalles de los escándalos que perpetró Marcial Maciel, no preguntarse cómo es que pudo este hombre formar y liderar el pujante crecimiento de una organización, los Legionarios de Cristo, que sin duda ha hecho mucho bien. Son centenares los sacerdotes de esta congregación que en diversos países del mundo realizan un trabajo apostólico formidable y que hoy sufren lo indecible al develarse antecedentes que muchos de ellos ni siquiera imaginaron en la peor de sus pesadillas, acerca del hasta hace poco venerado fundador.

En medio de críticas encarnizadas que parecen en ocasiones solazarse en hacer leña del árbol caído, algunas voces valerosas se han levantado para poner de relieve esta hecho no desdeñable. Toyita Errázuriz y Gloria Montt señalaron en una carta publicada en el diario La Tercera:

“Como mujeres profesionales chilenas, madres de familia y miembros de la Iglesia Católica, queremos dar testimonio de todos los beneficios que hemos recibido, al igual que nuestras familias, de la congregación Legionarios de Cristo y del movimiento Regnum Christi”(rama formada por laicos).

Gracias a los sacerdotes, consagrados, consagradas y laicos que los integran, hemos tenido la fortuna de experimentar el amor inmenso de Dios, presente en todas las dimensiones de nuestras vidas. Es por esto que sólo queremos expresar nuestra infinita gratitud y consuelo en estos difíciles momentos a esos hombres y mujeres que día a día trabajan desinteresadamente en colegios particulares y subvencionados, centros de formación para niños, jóvenes y adultos, universidades, programas de protección y defensa de la vida humana y familia, misiones urbanas y rurales y muchos otros apostolados al servicio de la Iglesia que contribuyen a una formación en caridad de las personas y a una mejor sociedad para nuestro país.”

La única conclusión que puede obtenerse es que Dios escribe derecho con líneas torcidas, es decir que somos instrumentos muy imperfectos, de los cuales, sin embargo, Él se las arregla en ciertos casos para obtener resultados sorprendentes que desafían los cálculos humanos. Incluso un personaje como Marcial Maciel, puede en manos de Dios generar buenos frutos. Al fin y al cabo, Jesús puso al frente de su Iglesia a un traidor que justo en un momento decisivo lo negó en tres oportunidades sucesivas, pese a que él se lo había anticipado y prometido que jamás lo haría. Y de apenas un par de panes y cinco peses obtuvo lo suficiente para saciar una multitud y llenar varios canastos con las sobras.

SALVACION PARA RICOS Y POBRES
Habrá quienes objeten que la congregación fundada por Maciel se dedica de preferencia a trabajar con las clases privilegiadas, en detrimento de la declarada opción preferencial que dice tener la Iglesia Católica por los pobres. Sin embargo, en rigor Jesucristo no discriminó a los ricos en términos materiales, ya que tuvo incluso amigos influyentes y el mensaje de salvación no está vedado a quienes poseen una situación económica desahogada

La pobreza y la riqueza, en el sentido evangélico, poseen dimensiones que escapan a las simples estadísticas socioeconómicas. Un narcodependiente es sin duda un pobre digno de lástima y apoyo, aunque controle numerosas grandes empresas. Un multimillonario como Michael Jackson que se somete a una serie interminable de operaciones para cambiar su apariencia física no puede menos que ser considerado una persona pobre. Y otro tanto cabe pensar del alto ejecutivo que decide lanzarse desde el penthouse del edificio en que habita. La Madre Teresa de Calcuta comentó que nunca había imaginado que en las opulentas sociedades del mundo industrializado hubiera tantos individuos aquejados de extrema pobreza espiritual y afectiva.

El propio Maciel, pese a ser venerado y obedecido sin chistar por los integrantes de una poderosa congregación no pasaba de ser un hombre extremadamente pobre, debido a su patética dependencia de la morfina, a su sexualidad desviada y a la hipocresía o doble vida que impregnaba su conducta.

Si es cierto como lo afirmó Jesús, que entrar en el reino de los cielos será particularmente más difícil para los ricos desde el punto de vista material, entonces hay razones de peso para la existencia de congregaciones que se aboquen a la evangelización de las personas que disponen de mayores medios en nuestras sociedades. “No he venido a sanar los sanos, sino a los que están enfermos” declaró Jesús. De otro lado, nadie puede desconocer que los Legionarios de Cristo están también presentes en sectores populares, donde desarrollan una fructífera labor apostólica y de promoción humana.

EN EL JUICIO FINAL
En su libro “El juicio final”, escrito a mediados del siglo pasado, el controvertido escritor italiano Giovanni Papini, evoca anticipadamente la llegada de esa jornada decisiva, en la que todos los humanos sin engaños confesaremos ante Dios cómo han sido nuestras vidas, convirtiéndonos en nuestros propios jueces y recibiendo el premio o el castigo merecido.

“El nuevo cielo está desierto: no hay sol ni luna ni estrellas. La luz ya no desciende de lo alto, sino que sale de la tierra e ilumina con igual esplendor la bóveda vacía. Luz inmóvil, inmutable, vespertina, ni generada por rayos ni amenazada de tinieblas; sin caer de sombras ni estallidos fulgentes. Luz abstracta, opaca, muda, sin color ni calor; luz de un crepúsculo que no tendrá fin. Han desaparecido los astros y ha terminado, por tanto, la eterna sucesión de días y noches. El tiempo no puede medirse; se ha reintegrado a la eternidad. El juicio ha comenzado. Hace acaso una hora, acaso siglos”.

¿Qué alegará entonces el padre Marcel Maciel? ¿Invocará en su defensa postrera todo el bien que ha generado la orden religiosa que él fundara? ¿Recordará que aceptó en los últimos meses de vida sufrir la humillación de retirarse a vivir en silencio y penitencia, acatando la instrucción perentoria de Benedicto XVI? ¿Dirá que sus excesos fueron causados por la dependencia respecto de la morfina? ¿Argumentará que en definitiva se arrepintió de sus pecados y murió confiado en la misericordia infinita de Dios, que en su sabiduría sabe que los seres de carne y hueso somos capaces de las mayores bajezas y, al mismo tiempo, de las acciones más generosas y sublimes?

Impresiona comprobar cómo Papini sabe procesar esa verdad, que muchos ignorantes desconocen y que muchos fatuos desdeñan, verdad del porte de una catedral, de que todos nosotros, sin excepción, hombres y mujeres, ricos y pobres, creyentes o no, somos una mezcla de ángeles y demonios.

Al gran escritor y místico que fue el ruso Fedor Dostoievsky, el italiano Papini le hace decir: “Ahora que veo libremente, a una distancia tan grande del tiempo, mi vida y mi alma, me estremezco por mis tinieblas y me reanimo con mi luz. No creo que hombre alguno fuera más combatido que yo por fuerzas extremas opuestas. Parecía que dentro de mi espíritu se hubiese debatido una paloma angélica contra las insidias de una víbora nunca victoriosa y nunca vencida. Habitaban en mí un criminal y un santo: un criminal mal domado y un santo fallido. Cuando reflexiono y medito mis pecados -ignoro si reales o imaginarios- me horrorizo. Fui parricida, violador y asesino, adúltero, jugador, cruel. La perversión me atraía irresistiblemente, como el puerco es atraído por el lodo (…) A veces al pensamiento seguía el acto; mas a menudo la voluntad nefanda se apagó en el impudor de las palabras y en las obras de mi fantasía. La literatura me salvó. Si yo no hubiera sido escritor habría sido uno de los viles delincuentes de mi tiempo y la pena de muerte, que en el último instante se alejó milagrosamente de mí, habría sido la conclusión natural de mi gesta”

CONDENA SIN COMPASION
La mayoría de los que han salido en la prensa, en los blogs y en cuanto lugar es posible expresar hoy en día, la opinión de cada quien ha manifestado un encarnizamiento casi patológico contra el sacerdote Marcial Maciel. No han escatimado insultos ni condenas, haciendo leña del árbol caído, y se han agotado en la denuncia y en la ira, ante la imposibilidad de la condena o la venganza ya que hace tiempo que el fundador de Legionarios de Cristo dejó este mundo.

Las acusaciones de pederasta, pedófilo, hipócrita, maldito, abusador sexual, manipulador, promotor del culto a la personalidad, embaucador y otras son todas válidas absolutamente, al igual que las quejas ante el ocultamiento por tanto tiempo que la Iglesia hizo de las tropelías perpetradas por este clérigo y muchos otros sacerdotes y miembros de la jerarquía eclesial. Sin embargo, en esas críticas uno advierte una inquietante falta de compasión, la cual sugiere que, en definitiva, quienes las profieren no son de una fibra moral muy superior a la del hombre a quien condenan.

Cuando las acusaciones contra un criminal, por muy malo y ruin que sea ese degenerado, asesino múltiple o genocida, no van acompañadas de un mínimo grado de compasión por el hombre de carne y hueso que fue responsable de tamaños delitos, pues dejan al descubierto una buena dosis de fariseísmo e inhumanidad.

Aleccionador resulta examinar en el primer libro de la Biblia la decisión que Dios toma de proteger al primer asesino de la historia, Caín, que ha matado con la quijada de un burro a su propio hermano. “Grande es mi iniquidad para ser perdonada. He aquí me echas hoy de la faz de la tierra, y de tu presencia me esconderé; y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará” se lamenta el asesino ante Dios. “Y respondióle Jehová: Cualquiera que matare á Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo hiriese cualquiera que le hallara”.

Pongamos el caso del violador y asesino de una niñita de cinco años que la lanzó al mar cuando todavía estaba viva: pues bien, esa piltrafa humana tiene madre, padre, hermanos, familiares, amigos que deben haber sufrido horriblemente al enterarse de los sucedido y que merecen alguna muestra mínima de solidaridad. También el acusado, pese a toda la gravedad de su falta, que debiera significarle la prisión perpetua irrevocable, es decir saber que morirá detrás de los barrotes; merece, en su condición de ser humano, de hermano nuestro, aunque haya sido un Caín, un ápice siquiera de compasión. Propiciar ese respeto no significa disminuir la gravedad de su delito, pero sí recordar que el cuerpo de ese hombre alberga un alma y tiene, por tanto, algo de Dios.

Sólo los fariseos, aquellos que en forma tácita alardean que ellos nunca harían lo que Marcel Maciel y que desdeñan la evidencia de que cada ser humano es capaz de los actos más nobles y también de los más reprobables e inconfesables, pueden dar muestras de un encarnizamiento sin piedad con un pecador o delincuente.

TANTOS FARISEOS
Leyendo las reacciones de un periódico iconoclasta, que eso pretende ser The Clinic, ante el escándalo protagonizado por el fundador de los Legionarios de Cristo, impresiona ver la cantidad de fariseos que junto con expresar un comprensible espanto y una irreprochable indignación frente a los crímenes de este sacerdote y a los escándalos que la Iglesia Católica ha ocultado por tanto tiempo, denotan una falta de humanidad asombrosa ante el culpable.

Sin la menor pizca de compasión por el delincuente, sin una mínima conciencia de que todos estamos expuestos a sucumbir a las peores tentaciones del orgullo y del poder, las palabras de condena suenan en buena medida falsas y hasta histéricas. Aun los más grandes santos y las personas que han dado testimonio de entrega y heroísmo, han confesado cómo en su interior se debaten las fuerzas del bien y del mal y cuánto les ha costado encauzar por la buena senda sus energías y cualidades.

Tratando tal vez de introducir una nota de compasión al juicio público contra el padre Maciel, el cardenal chileno Francisco Javier Errázuriz, adujo que éste probablemente sufría un problema psiquiátrico de doble personalidad. En realidad todos los seres humanos tenemos una doble personalidad y todos somos en buena medida hipócritas. Aquellos que más implacables se muestran frente a este pecador público son los que menos se conocen a sí mismos, requisito clave para que toda persona crezca como tal y que obliga no sólo a los creyentes, sino a quienes se proclaman, a veces con cómica fatuidad, agnósticos o ateos. Por eso mismo, los más vociferantes contra el delincuente o pecador son incapaces de admitir que también ellos han tenido en muchas oportunidades conductas hipócritas, por más relajada que sea la moral que rija sus vidas. No son demasiado mejores, entonces, que el hombre a quien juzgan con tanta virulencia. La sentencia de Jesús, en defensa de la Magdalena, vuelve a resonar, potente: “Aquel que esté libro de pecado, que lance la primera piedra”.

Podrán estos especímenes vociferantes aducir que en sus vidas personales no han causado ni la millonésima parte del daño que el sacerdote Maciel provocó a tantos jóvenes, que 30 o 40 años después siguen arrastrando el trauma de abusos sexuales perpetrados por un hombre al que admiraban y respetaban.

La razón por la que el fundador de los Legionarios pudo cometer en forma impune y por tanto tiempo sus abusos sexuales y manejos indebidos de dinero reside en el enorme papel que logró acumular dentro de la congregación que formó y que desarrollo a base de su indiscutible carisma personal. Y ya lo sentenció el católico Lord Acton, ilustre antecesor hace un siglo y medio de los editores periodísticos de hoy: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Habría que preguntarse, entonces, qué excesos o tropelías podrían cometer muchos de los más feroces enemigos del padre Maciel, si es que dispusiesen de la mitad del poder terrenal que éste controló, qué brutalidades cometerían contra sus prójimos estos especímenes que destilan tanto odio y resentimiento en los juicios que vierten contra Marcial Maciel, la Iglesia Católica y, en muchos casos, los creyentes en general de todas las religiones.

Este nuevo episodio que enloda, pues, el prestigio de la Iglesia Católica, debiera ser interpretado como un señal divina, como un signo de los tiempos que enseñe a esa institución a adoptar una actitud más humilde frente a los pecadores, para que revise instituciones y costumbres que nada tienen que ver con el Evangelio, y para que también los fieles tomen conciencia de la necesidad de procesar estas experiencias a partir de la comprobación de que los seres humanos somos falibles y muy expuestos a incurrir en graves excesos si acumulamos una cuota excesiva de poder. Olvidar o desconocer este hecho conduce rápidamente al fariseísmo, en el cual pueden incurrir tanto que los que presumen de muy religiosos, como muchos otros que se jactan de su condición de incrédulos.

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