La noche del sábado fuimos con Sandra al shopping Abasto a ver “Velódromo”, la última película de Alberto Fuguet, en el marco del festival de cine independiente de Buenos Aires (BAFICI). La sala estaba repleta. La gente estaba sentada en las escaleras. El presentador anunció que era “el estreno mundial” y la primera vez que se mostraba en cine. Fuguet saludó brevemente al público junto a Pablo Cerda, que interpreta al protagonista de la cinta.
La película trata de Ariel, un chico de 34 años que vive solo en un departamento de Providencia que le dejó su madre adoptiva. Es diseñador y le gusta estar viendo películas en su computador hasta las cuatro de la mañana. También anda de un lado a otro de Santiago en bicicleta. Su novia lo deja porque no quiere un “compromiso serio”. Otros personajes son un primo suyo, de 19 años, cuyos padres murieron en un accidente y le han dejado una jugosa herencia, y un instructor de karate.
Debo decir que “Velódromo” me gustó muchísimo más que “Se arrienda”, la ópera prima de Fuguet. Es más liviana, menos pretenciosa, más redonda. Creo que Luciano Cruz-Coke fue una pésima elección para el protagónico de “Se arrienda” (poca expresividad, acartonado, incapaz de transmitir nada), justamente lo contrario de “Velódromo”, donde Pablo Cerda compone un persona absolutamente creíble, aunque no sé si querible.
Entre otros, la cinta trata sobre “crecer”. ¿Hay que casarse a partir de los 30? ¿Hay que tener hijos? ¿Hay que comprometerse? Ariel se lo pregunta y a todas estas dudas responde que “no”. No tiene familiares, sus minas son ocasionales, huye a cualquier tipo de compromiso. ¿Es feliz? Él mismo lo dice al final: “no feliz, pero tranquilo”.
Su leitmotiv de vida es: “quiero vivir sin que nadie me huevee”. O sea: “no quiero una mina que me huevee, ni un cabro chico llorando que me huevee”. Una postura respetable, aunque también de un egoísmo monstruoso. Ariel ama más su computador Apple que a su polola. Ariel puede ver el Año Nuevo desde su ventana, completamente solo, sin emocionarse en los más mínimo ni sentir la soledad. Ariel puede decirle a una chica que le coquetea en una fiesta (¡que le coquetea a él!) que tiene nombre de puta. Ariel puede contarle a esa misma chica, en la casa de ella, en la cama de ella, cuando ella está a todas luces enamorada de él, que la noche anterior se acostó con su ex novia y que tuvieron un sexo fantástico. Ariel puede decirle a una chica que no se depila las axilas que esa costumbre le parece deleznable.
Sensibilidad cero. Al menos con las mujeres. (¿Hay algo más importante en la vida de un hombre que una mujer? Se ve que para algunos, sí).
Otra cosa es cómo Fuguet muestra Santiago. Logra algo insólito: en toda la película no aparece un sólo policía. En serio. Cuando llegué a Chile a los 14 años lo primero que le llamó la atención en Santiago fue la gran cantidad de pacos en las calles. En la película de Fuguet, Santiago parece una ciudad amable, despolitizada, sin pobres, sin estrés ni buses llenos, y Providencia un barrio en armonía, libre de conflictos gracias a su alcalde DINA. (Me asombra cómo Fuguet y yo podemos ver el mismo país de forma tan diversa). Sólo en un momento hay una alusión a la política: en una entrevista laboral Ariel dice ser votante de la Concertación. (Con tipos así, con razón la Concerta terminó como terminó). Pero eso es todo. Ariel tiene además la afición de ir al Estadio Nacional, específicamente al Velódromo, a ver a los ciclistas entrenar (de hecho a esta práctica se debe el nombre de la película). Me pregunto: ¿Podemos pensar en el Estadio Nacional sin recordar lo que pasó allí? Se ve que Fuguet puede. Yo no. Siempre fui un tonto grave. Lo lamento. No olvido el Once. Los judíos tampoco olvidan Auschwitz. Aunque es lógico: soy un retornado de la Alemania Oriental, Fuguet es un retornado de California.
Ojo: No estoy diciendo que todas las películas chilenas deban referirse al 73, ni mucho menos. Cintas como “Velódromo” son necesarias. Pero hay que tener estómago y filmar en el Estadio Nacional como si allí no hubiera pasado nada.
Al igual que los libros de Fuguet, “Velódromo” es entretenida y honesta. Pero también es una tremenda apología a la soledad, la falta de compromiso, el egoísmo, a la inmadurez. Y los conflictos son existenciales, desde el frigider lleno.
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