Como una “autocrítica descarnada de dirigentes de la Concertación” calificó El Mercurio la reciente jornada en que las cúpulas de los partidos derrotados en la última elección presidencial, así como reconocidos líderes, analizaron el porqué de tal derrota. Sin embargo, más que una autocrítica real, los convocados destacaron los logros en materia social, económica y política alcanzados durante los últimos 20 años.
Encendidos discursos, de parte de Lagos, Bachelet y, en cierto modo Frei, así como una posición algo más cautelosa de Aylwin, contrastaron con políticas aplicadas por los respectivos gobiernos que éstos encabezaron.
En ese sentido, ninguno reconoció que cada gobierno concertacionista, desde 1990, desmovilizó a las organizaciones sociales que le dieran sustento. Con su actitud, minaron lenta pero inexorablemente el espíritu de los partidos políticos mediante el caudillismo, apartándolos de ese pueblo que las cúpulas partidarias llamaba “la gente”.
Tanto en el PPD como en el Partido Radical, figuras emblemáticas abusaron del poder que se les asignó en calidad de presidentes, y ese tipo de personeros se rodearon de un selecto grupo de aduladores y oportunistas que, a su vez, propiciaron cuoteos y repartieron cargos a dedo, reemplazando la meritocracia por la “amistocracia” y, por qué no decirlo, el nepotismo.
En tanto, en la Democracia Cristiana, las respectivas “máquinas de poder” libraron luchas fratricidas por ocupar los mejores cargos, en una interminable fiesta de zancadillas y sillitas musicales, que terminaron por hastiar a la ya añeja y geriontocrática militancia.
Lo socialistas, en tanto, devinieron en históricas disputas o se aliaron, por conveniencia, con unos u otros, alejándose de principios que alguna vez llenaron de orgullo a sus militantes más connotados.
La oposición de hoy se cebó con el poder que mantuvo antaño, y ha sido incapaz de una autocrítica de cara al pueblo, al electorado que le volvió la espalda debido a errores garrafales, tales como potenciar económica y políticamente a los medios de comunicación liderados por el duopolio Mercurio-Copesa en desmedro de los escasos medios de comunicación alternativos que existieron hasta mediados de los años noventa.
Con generosas contribuciones fiscales -de parte de alcaldes y parlamentarios concertacionistas- los gobiernos de centroizquierda engrosaron las arcas de esos diarios que subrepticia o abiertamente, boicotearon a los gobiernos del conglomerado que llevó las riendas del país por dos décadas.
Como buenos administradores del modelo neoliberal pinochetista-piñerista-lavinista, la Concertación obtuvo nota 7 de parte de un empresariado altamente ideologizado, abriendo espacios, además, para que quienes detentan el poder económico en chile desde prácticamente los inicios de la República, obtengan ahora el control político.
En las universidades privadas, la derecha formó a sus nuevos “cuadros”, que son quienes hoy conforman ministerios y subsecretarías. En lugar de inyectar recursos reales a la educación pública en Chile, la Concertación fue más que dadivosa con las universidades privadas, muchas de dudoso origen. Atomizó los movimientos estudiantiles y al gremio de los profesores y optó por acallar demandas de los pueblos originarios y deudores habitacionales, mientras que enriqueció a grandes empresas y a la banca.
En definitiva, cuando el diario de Agustín ofrece tribuna a esa clase política que desoyó a la clase que debía representar, es porque aún aturdidos por una derrota anunciada, todavía son incapaces de generar propuestas, esbozar siquiera autocrítica o aceptar que “la gente” se aburrió de ellos.
Por Enrique Fernández Moreno.
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