Tener y mantener una familia ya es difÃcil, pero cuando se mezcla la familia con la polÃtica es aún más complicado, como hemos podido ver en los últimos dÃas en el bullado caso de Carolina Tohá y Fulvio Rossi, y de manera menos visible pero igualmente grafica con lo ocurrido con Gabriel Valdés.
Rossi y Tohá, un matrimonio aparentemente feliz, pero con cónyuges en distintos partidos polÃticos, con ambos optando a presidir cada una de sus colectividades. A alguien se le ocurre que eso no serÃa compatible, y entre dimes y diretes, declaraciones públicas que van y réplicas que vienen, ambos deciden no competir, pero tras ver fracturada su relación matrimonial junto con la polÃtica, ante los ojos de todo el paÃs.
En el caso de Gabriel Valdés, lo que pesó en su decisión de rechazar la invitación del Gobierno a asumir como embajador en Italia fue la familia polÃtica, que consideró de pésimo gusto que una de las más connotadas figuras de la Democracia Cristiana pudiera cooperar con el Gobierno de la Derecha, a pesar de que Valdés querÃa hacerlo.
Parece mala idea, entonces, mezclar familia con la polÃtica, sea la familia nuclear o la extendida, y en esos casos la polÃtica casi siempre se impone, lo que puede parecer ilógico para quien no participa en polÃtica pero es algo evidente para quien sà lo hace. La polÃtica es absorbente, dictamina códigos de conducta personal, criterios para establecer parentescos y el cÃrculo de amistades, lo que no tiene más explicación que en la facultad que las personas le delegan a sus partidos o camarillas para resolver la forma en que viven sus vidas.
Cualquier persona se puede casar con cualquiera, separar y hacer en su vida privada lo que se le antoje, menos el polÃtico, porque está expuesto al escrutinio público y el resultado de ese examen no puede afectar los objetivos del grupo al que se pertenece.
Cuando se plantea que los partidos, como forma de organización de la polÃtica, se encuentran obsoletos, se suele dejar de lado el impacto emocional y psicológico que producen en las personas que los integran. Hay dirigentes que han postergado a sus propios hijos por seguir una carrera polÃtica, e hijos que odian la polÃtica o se comprometen con corrientes distintas a las de sus padres como reacción a lo vivido en sus hogares.
Hemos tenido ejemplos en estos dÃas, y lo doloroso es que este tipo de fenómenos se deben a que se privilegia la polÃtica a las personas, y eso es un pésimo antecedente para el prestigio de los partidos polÃticos.
Por Andrés Rojo.
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