Hay varias maneras de caer a la moledora de carne.
Al bachiller Francisco Maldonado Da Silva (1592–1639), cirujano mayor del Hospital San Juan de Dios, los “comisarios del Santo Oficio de la Inquisición”, (frailes dominicos que hacían las veces de fiscales del Ministerio Público) lo encarcelaron en un convento policial de Concepción la noche del 29 de abril de 1627.
Hombre culto y bondadoso nacido en Tucumán, y recibido en Lima, el Dr. Maldonado fue el primer médico titulado del país. “La noble y muy leal villa de Santiago de Chile” era apenas un pueblo chico de unas doscientas casas con “derecho a vecindad”, lo suficiente para ser ya un infierno grande en intrigas y maledicencias.
Sin hablarle nunca de esto a su cristiana esposa, doña Isabel de Otañez, durante un paseo a las termas de Cauquenes, le cuenta a su hermana menor Isabel que él, a igual que el papá y el abuelo, secretamente guardaba la ley de Moisés. Aterrorizada por la ira de Dios, (hoguera y pérdida de la hacienda) ella le informa a su otra hermana, Felipa, quien se lo comunica su confesor, “el cual la mandó que lo viniese a declarar al Comisario del Santo Oficio”.
Con el testimonio de ambas delatoras, quienes vivían a expensas del imputado, el comisario decreta “prender con secuestro de bienes” al afamado doctor, quien tenía hasta al propio Gobernador entre sus pacientes y había hecho ya cierta fortuna. La necesaria, al menos, para desatar la envidia.
Sin mediar un juicio, ni haber hecho otra cosa que el bien, ni presunción de inocencia, ni derecho a defensa, irrumpe el poder del Estado en su casa. Lo apresan, allanan e incautan todos sus bienes, dejando en la calle, sin muebles ni medios de vida, a su cónyuge y sus dos hijos.
El inventario del allanamiento a su residencia consigna, cual pruebas de su peligrosidad a la sociedad, libros.
Entre esos elementos prohibidos por la jerarquía católica destacan, el tratado de anatomía humana de Andreas Vesalius, el “Antidotario General”, un manual de ginecología del profesor Juan Alfonso impreso en Alcalá, en 1606, con el sorprendente título: “Diez privilegios para mujeres preñadas. Con un diccionario médico”, un texto científico llamado “De las propiedades de las piedras”, uno de derecho “Tractatus de lex rubís”, los Salmos de David, y un tomo de las “Comedias” de Lope de Vega, dramaturgo y poeta principalísimo del Siglo de Oro español, a la sazón en plena producción, pero que nadie en la fértil y colonial provincia conocía.
En lo que probablemente sea la primera feria de libros al sur del mundo, un pregonero del Santo Oficio puso en venta dichos volúmenes en la plaza pública. (Por si alguien sabe, pago lo que sea por cualquiera de los libros arriba mencionados.)
En junio 1627, lo fletan encadenado en uno de los navíos que zarpan de Valparaíso rumbo a Callao. En Lima “la ciudad de los Reyes”, estaba la Corte Suprema de la Inquisición. Ahí, según los documentos que presenta Günther Bohm en su “Historia de los Judíos en Chile” (Ed. Andrés Bello, 1984) fue “relajado y quemado vivo en el Auto de Fe (linchamiento eclesiástico frente a la Catedral) que celebró este Santo Oficio en 23 de Henº de 1639 años.”
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Por su parte, en “El Proceso”, de Franz Kafka (1883–1924), novela llevada al cine por Orson Welles, con Anthony Perkins y Romy Schneider, son funcionarios de terno oscuro.
“Alguien debe haber estado diciendo mentiras de Joseph K, él sabía que no había hecho nada malo, pero una mañana fue arrestado” Dos agentes anónimos se presentan en la pensión dónde vive, ellos no saben de qué lo acusan, ni quién lleva la causa: cumplen órdenes. ¡Esto no puede ser!, vivo en un país libre, reclama el oficinista Joseph mientras ordena sus papeles.
Al final, siempre sin saber por qué, otros amables agentes lo degüellan en una cantera abandonada. Muero como un perro, fue su último pensamiento, como un perro.
En “El Archipiélago de Gulag”, de Aleksandr Solzhenitsyn (1918–2008), “Cada uno de nosotros es el centro del Universo, y ese Universo es destrozado cuando te dicen al oído: ¡Está detenido!
Cuando TÚ has sido arrestado, ¿puede algo más quedar en pie luego de tan tremendo cataclismo?
Pero la mente oscurecida es incapaz de aprehender ese desplazamiento de nuestro universo, y tanto el más sofisticado como el más simplón de los humanos, recogiendo de toda su experiencia en la vida, solo atina a mascullar: ¿A mí? ¿Por qué?
Y esa es la pregunta que, a pesar de haber sido repetida millones de veces antes, todavía no recibe respuesta.
La detención es una instantánea y violenta vuelta de carnero que te lanza de una condición hacia otra.
Nacemos felices –o casi– pero igual, en el recorrido por las grandes avenidas, y a veces tortuosos callejones de nuestras vidas, pasamos frente a toda suerte de muros y rejas, unos de concreto, otros con altas alambradas y aceradas protecciones. Nunca pensamos qué hay detrás. Nunca tratamos de penetrarlos con la vista o el pensamiento. Pero ahí es donde el país del Gulag comienza, al lado nuestro, a dos metros de distancia.
Más aún, jamás nos fijamos en la cantidad de bien disimulados portones de hierro y puestos de control que hay en esos recintos. Todas esas rejas las hicieron para nosotros, ¡todas!
Y súbitamente la reja fatal se abre, y cuatro manos masculinas, no acostumbradas al trabajo físico, pero fuertes y tenaces, nos agarran de las piernas, brazos, cabeza, cuello y nos arrastran cual bulto, y la reja de nuestra vida pasada, se atranca para siempre.
Y eso es todo. ¡Estás detenido!
Entonces no encontrarás nada mejor que responder con el consabido berrido de cordero: ¿A mí? ¿Por qué?”
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Es exactamente lo que dije cuando no dos, como en Kafka, sino tres agentes (dos hombres y una mujer) de la Policía de Investigaciones, PDI, aparecieron en mi casa a interrogarme.
Que habían recibido un radiograma del cuartel de Osorno y tenían órdenes –siempre el torturador actúa “por órdenes superiores” – de hacerme unas preguntas.
Ahí supe que, a falta de hoguera en la plaza, me habían arrojado a la moledora de carne. Es el embudo de destrucción de imagen y pérdida de legitimidad a que tanta personalidad es lanzada con variados pretextos y una sola finalidad: liquidarlas.
Fue una manera menos dramática, casi gentil, de caer adentro, pero igualmente efectiva para intimidar el espíritu. Se iniciaba así el matonaje legalizado que había de ejercer el Ministerio Público en mi contra por más de dos años consecutivos.
La excusa esta vez era el radiograma que, en un país donde las comunicaciones y la carabina de Ambrosio son una misma cosa, parece que llegó al revés, decodificado patas arriba o simplemente a medias.
Los agentes, más habituados a hurtos con violencia, asaltos de bancos y homicidios, no sabían qué preguntarme. Algo de un abogado Vergara, querella por calumnia se leía en otra parte, ¿Qué puede declarar al respecto Sr. Huneeus?
A preguntas imprecisas, respuestas vagas.
En enero pasado había mandado una carta a la fiscalía por la eventual sustracción de mi hijo menor. En marzo, en vista de que el menor volvió, acordamos en audiencia en la fiscalía local que eso quedaba en nada (el “archivo provisional” con el fiscal Meeder).
Y ahora, a cuatro meses, de esa gestión sólo tengo que agregar que sólo sé que nada sé de alguna querella, que lo mío fue una carta reservada, sin publicidad alguna ni intención de injuriar a nadie.
Firme aquí, muchas gracias, hasta luego.
Al mes siguiente, agosto 2007, en el buzón de correo amaneció una citación “para que comparezca el 07/09/2007 a las 10:00 en las oficinas de la Fiscalía Local de LAS CONDES ubicadas en la AVENIDA LOS MILITARES NRO. 5550, con el objeto de que preste declaración como imputado en la investigación Rol Único de Causa 0700621541–0, por el delito de CALUMNIA (ACCIÖN PRIVADA).
La no comparecencia injustificada del citado, dará lugar a que sea conducido por medio de la fuerza pública, sin perjuicio de las sanciones y multas correspondientes.
RODRIGO DE LA BARRA COUSIÑO
Fiscal Adjunto Jefe de la Fiscalía LAS CONDES.”
¿Yo, imputado? ¿Conducido por la fuerza pública?
Ahí, recién supe cuán metido estaba en la máquina, cuán profundo y solapado era el ensañamiento. ¿A mí? ¿Por qué?
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Nota: Los otros capítulos en “Artículos anteriores”. El primero es “Señor Fiscal del Ministerio Público.”
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