Se acabó la “Zona de Contacto”. Me contó Sergio, ex compañero de la Usach y también ex Zona, que también escribió su propio réquiem en su blog (http://sergiocancino.blogspot.com/). Me metí a la web y era cierto, cerró en abril. Lo sentí como la muerte de una mina con la que tuve algo alguna vez, pero de la cual no escuchaba hace muchos años. En su época me gustaba mucho ese suplemento. Esperaba con ansias el viernes para ver un nuevo ejemplar de la revista.
Creo que al taller literario de la Zona entré por concurso, al segundo intento. Estuve allí sólo dos años, 1993 y 1994. Mi último año de colegio y mi primer año de universidad. Publiqué un par de cuentos, un par de columnas. Un cuento fue para Blanca. Se llamaba “Supón que…”. Blanca era mi compañera de colegio y me gustaba mucho. Nos escribíamos mensajes poéticos en papelitos en la horas de clase. Yo quería que fuéramos novios, pero ella no. Un día me aburrí y no le di más bola. Yo quería besos, no letras. Aún así escribí aquel relato pensando en ella, lo publiqué, y luego, cuando salió publicado, lo pegué (orgulloso, debo reconocerlo) en el diario mural del curso. Nadie dijo nada. Todos sabían a quién me refería, claro. En fin. Luego ella se puso de novio con Melo, otro compañero que reunía tres cualidades eximias: fue elegido mejor compañero de curso, tenía las mejores notas entre los varones y era un as del fútbol. O sea, que yo no tenía ningua chance. Después del colegio ella se recibió de abogada y él de médico. Luego se casaron. Y ahora tienen un niño (me acabo de enterar por Google).
Sí, yo tenía diecisiete años, y vivía en La Florida, y tomaba una micro en la avenida homónima, en la esquina de Walker Martínez, donde yo vivía, y la micro se iba por ahí hasta la rotonda Departamental, y luego todo por Américo Vespucio, hasta la Escuela Militar, y ahí esperábamos un bus de El Mercurio que nos pasaba a buscar. Así llegábamos al diario, situado cerca de la precordillera, a sus instalaciones gigantescas que nunca terminé de recorrer. En la recepción había que anunciarse con los guardias, aparentemente varios de los cuales eran ex CNI. (Eran grandes, serios, morenos).
Estuve en el taller de Sergio Gómez y conocí a Fuguet. (Recuerdo el único contacto personal que tuve con Fuguet. Fue en una fiesta en una casa del barrio alto de alguien de la Zona. Fuguet, ya una estrella tras publicar “Mala Onda” y “Sobredosis”, estaba en un rincón, rodeado de un séquito de cortesanos y/o admiradores, y yo en otro rincón, solo. No era parte del séquito. Nunca lo fui, ni lo busqué. Pero él había leído al menos un cuento mío. Lo tengo por ahí guardado, con sus tachaduras. En fin. El tema es que en un momento él me dice: “¿Y tu novela, Fajardo, para cuando?” Yo no había escrito ninguna novela. Tampoco tenía ninguna en mente. Tal vez él sí la tuvo a mi edad, pero yo no. No, yo aún tenía demasiados quilombos personales de identidad como hijo de exiliados para preocuparme de una novela. Así que le dije: “no sé”. Seguro levanté los hombros).
Sergio Gómez fue mi profe de taller. Sergio era de Concepción, había publicado “Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo”, y era buena gente. Nosotros leíamos nuestros relatos en voz alta y podían ser una mierda, pero él jamás fue descalificador ni mucho menor. Al contrario. Siempre nos respetó y creo que sacó lo mejor de cada uno de nosotros. Además era un gallo generoso. Un día, cuando estrenaron “Perros de la calle” en el cine arte Alameda, él me preguntó si iba a ir y yo le dije que no tenía dinero. Él me dijo: “no importa, huevón, yo te invito”. Y me invitó. Recuerdo que hubo gente que se fue en mitad de la función. A mí la cinta me encantó. Gracias, Sergio. Jamás olvidaré ese gesto.
En la Zona (así se conocía a ese suplemento del diario “El Mercurio”, “la Zona”) también sufrí censura. Fue para un especial de microcuentos. Yo escribí uno muy cortito, de apenas una línea, que fue aprobado por Sergio, por el director de la Zona (creo que era Alfredo Sepúlveda), e incluso por Felipe Bianchi, que editaba el “Wikén”, el suplemento de espectáculos que había dado a luz a la Zona (en principio la Zona era la penúltima página del Wikén, hasta que dio el paso a suplemento independiente), pero después alguien lo rechazó. El cuento se llamaba “La verdadera historia” y decía así: “Y al tercer día de clavarlo en la cruz, un dedo apretó el botón. El holograma se elevó a los cielos”. Era demasiado. No olvidemos que la Zona era parte de “El Mercurio”, defensor de la civilización occidental y cristiana como pocos. Y lo rechazaron. En fin.
Otra gente que recuerdo: Daniela Márquez (siempre con la buena onda y el humor a flor de piel), Francisco Ortega (al que vi el otro día con su mujer en la Plaza Serrano pero a quien no me atreví a saludar por temor a que no me reconociera), Juan Pablo Meneses y Roka Valbuena (que viven acá y con quienes nos tomamos algo hace un tiempo)… Y otros flashbacks: una noche en un desfile de modas, donde me sentí muy vacío después de ver a todas aquellas chicas hermosas e inalcanzables, o la re-edición que sufrió un compañero del taller de Macul, un abogado buena gente, cuyo relato fue mutilado de tal forma que incluso al protagonista lo transformaron en mujer.
Igual es raro, pero entre mis compañeros jamás tuve amigos, lo que se llama amigos, en la Zona. Siempre me apuné en el barrio alto.
Después de aquellos dos años, en 1995, me fui a Colombia. Ahí perdí contacto con la Zona. Fue justo aquel año que prepararon “Cuentos con Walkman”, una recopilación de los mejores cuentos publicados hasta entonces. Por lo que leí luego (cuentos disparejos, como en todas las antologías de cuentos), yo merecía estar en aquel libro. Pero no me aproblemé. Y al final creo que fue para mejor. Después de todo, yo no quería que me identificaran con la “generación Zona”. La Zona me brindó un espacio, es cierto, y le estaré eternamente agradecido por ello, de hecho fue el primer lugar donde me pagaron por escribir algo. Pero al fin y al cabo yo era de izquierda, era retornado, y odiaba El Mercurio. Así que fue para mejor. Sí recuerdo haber ido al lanzamiento del libro, después de volver de Bogotá. Fue en una terraza de un edificio en el centro, en la calle París. Tocó “La banda del capitán Corneta” (gran grupo), y José Miguel Villouta declaró a diestra y siniestra que su cuento era el mejor de todo el libro. (No recuerdo el cuento, para mí lo mejor era de Hernán Rodríguez Matte, sobresalía muy por encima del resto).
Descansa en paz, Zona.
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