
Soy bostero. Me hice bostero en los primeros meses de mi vida en Buenos Aires, allá por el 2003. Recuerdo un día de invierno de aquel año, a las cinco de la mañana, con mucho frío, cuando vimos por la televisión el partido por la Copa Intercontinental de Boca contra el Milan en Japón, tomando mate, con Darío, el portero del edificio. Darío es de Fiorito, el barrio de Maradona, y cuando íbamos a jugar las pichangas de los martes a la cancha del club social Malcolm de la avenida Córdoba, a la calle Uriarte o al Open Dorrego, con Gustavo, Walter, el Flaco de Racing, el chino Diego (un chino de verdad), en fin, Darío llevaba su equipo completo de Boca, calcetines, pantaloneta, camiseta. Esa madrugada, en la Intercontinental, Boca empató 1-1 y ganó a penales. Heroico.
Es que Boca era otra cosa. Estamos hablando de un equipo que entre 2000 y 2007 ganó cuatro Copas Libertadores (2000, 2001, 2003, 2007) y dos Intercontinentales (2000 y 2003). Parecían invencibles. Eran una leyenda.
Me enamoré de Boca por su actitud. Es un equipo que lucha hasta el final, que nunca arruga, que jamás se da por muerto. No es el equipo del fútbol bonito, sino de la pelea hasta el final. Un campeón neto. Por algo tengo un póster de Riquelme en mi pieza y el libro “Boquita” de Martín Caparrós en mi biblioteca. Y la camiseta y la pantaloneta, claro, para jugar los domingos.
Sin embargo, nunca había ido a la Bombonera. Era mi sueño, pero no tenía quien me acompañara ni ganas de ir solo. Había ido una vez a la platea del Monumental, cuando vino de visita mi amigo Gabriel desde Chile y lo acompañé a ver cómo River derrotaba 2-1 a Banfield. (No grité ningún gol. Mis vecinos de asiento me miraban, pero yo no podía hacer eso, gritar un tanto gallina). Otra vez, también con Gabriel, fuimos a ver a Argentinos Juniors, acá cerca de mi casa. Empataron 1-1 con Independiente (gol rojo en el último minuto).
En fin. Cuando Sandra se vino a vivir conmigo, un día me dijo que quería ver un partido. Pero no cualquier cosa: quería ir a la Bombonera. ¿Cómo hacerlo? No quería llevarla a la galería popular, con La Doce. Y sabía que las entradas de platea eran caras y difíciles de conseguir. Es que Boca tiene más socios que asientos en el estadio.
Afortunadamente, un compañero de la oficina nos consiguió dos acreditaciones de prensa hace poco menos de un mes. Así que aquel domingo por la tarde el sueño se cumplió. Nos fuimos hasta la Bombonera en colectivo, entramos sin problemas y pudimos disfrutar el partido. ¿Qué les puedo decir? Es una cancha hermosa. La diseñó el arquitecto esloveno Víctor Sulcic y fue inaugurada en 1940. Tiene historia. Se respira gloria.
El palco de prensa está al lado de la popular, así que teníamos un doble espectáculo: a nuestra izquierda La Doce, la barra, con sus cánticos, sus bombos, su aliento, y a la derecha la cancha, con un “clásico”: Boca-San Lorenzo.
El partido fue a estadio lleno. Como en todos los encuentros, primero jugó la reserva de ambos equipos y luego le tocó a los profesionales. Por altoparlante fueron nombrando la alineación de los equipos. Cuando le tocó a Riquelme, la Bombonera se llenó de aplausos. No saben lo increíble que fue escuchar a cincuenta mil personas corear su apellido.
Boca se puso arriba al minuto tres, con un gol de cabeza de Matías Giménez tras un tiro de esquina. En el centro de la cancha, Riquelme era el jefe. Cómo se movía. Qué nivel de espacialidad. Qué forma de colocar los pases y de habilitar. Un jugador distinto. En el futbolistas hay tipos buenos, regulares y malos, y hay otros que son simplemente “distintos”. Tienen un don propio. Como Riquelme, al que vi jugar esa tarde.
También vi a Palermo. De hecho él puso el 2-0 definitivo en el segundo tiempo, cuando los “cuervos” nos tenían contra las cuerdas. Es otro monstruo. Es como si Dios, al nacer Palermo, hubiera dicho: “Vos te vas a dedicar a hacer goles”. Claro, es el mismo que erró tres penales frente a Colombia en la Copa América de 2006, en el partido que Argentina perdió 3-0. Pero la genialidad es así, tienen altos muy altos y bajos muy bajos. Palermo ha hecho todos los goles imaginables, desde los más comunes de todo delantero hasta los más insólitos, como de cabeza desde los 45 metros en el encuentro que Boca ganó 3-2 contra Vélez Sarsfield el año pasado (http://www.youtube.com/watch?v=ZS_4aZ_FTpE) hasta uno de mitad de cancha el 2007 (http://www.youtube.com/watch?v=m3WuPNddB3c) en el último minuto contra Independiente por el 3-1. Bueno, por algo es el goleador histórico de Boca. Hace poco fue el héroe nacional porque marcó frente a Perú en el penúltimo partido de las eliminatorias para salvar a una Argentina insufrible. Palermo es tan importante que Maradona lo convocó para la selección al Mundial de Sudáfrica, a pesar de tener 36 años.
Boca me brindó muchos partidos inolvidables… La semifinal de la Libertadores de 2004, en un partido de infarto, que ganó a penales a River en el Monumental. El campeonato local de fines de 2008, cuando se impuso en un insólito triangular final (los tres equipos llegaron empatados en puntaje al término del campeonato) a San Lorenzo y Tigre. Sin olvidar el último superclásico en que Medel le marcó dos goles a River (hay que hacer dos goles en un superclásico, ¿eh?). También amarguras, claro, como la final perdida contra Estudiantes por 2-1, tras ir ganando 1-0. O su triste situación actual. Pero la vida es así: a veces se gana, a veces se pierde.
¡Grande Boquita!
Crédito de foto: Alexis el Simpático (fotolog)
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