Hace un tiempo empecé a ir a la Masa Crítica en Buenos Aires. Es una cicletada que se hace el primer domingo de cada mes, llueva o truene. Nos juntamos a las cuatro de la tarde en el Obelisco y ahí se decide con una ruleta adonde vamos. Hemos ido al Parque de los Niños, a la Costanera Sur, a La Boca…
Tuve una bici roja, de niño, allá, en Dresden, en la prehistórica Alemania Oriental donde nací y que ya no existe. Daba vueltas por la Hopfgartenstrasse, bajaba la cabeza a la manera de los ciclistas que había visto en la tele haciendo el Tour de France. Una vez, por mirar al suelo choqué con un auto estacionado… por suerte no podía alcanzar grandes velocidades a los ocho años.
Poco antes de venirme a Buenos Aires, compré una bicicleta en Santiago. Fui a una sucursal de Bianchi en el barrio alto, cerca de la Escuela Militar. La bici más barata salía ochenta lucas. “¿No tienen nada más barato?”, pregunté. “Bueno, en el segundo piso están las de segunda selección”, me dijeron. Subí. Ahí vi la misma de ochenta lucas a mitad de precio. “¿Qué tiene esta de malo?”, pregunté. “Unos rayones”, me respondieron. Era verdad, tenía alguno, pero nada importante. Me la compré. Sólo tuvieron que inflar las llantas. Me fui en la bici hasta mi casa, todo por Departamental, pasando por los viñedos de Macul, por allá arriba, cerca del Juan Pinto Durán, hasta La Florida. Me demoré como una hora.
Luego, cuando me mudé a Buenos Aires, me traje la bici en el bus. Sólo tuve que darle quinientos pesos al maletero para que la colocara bien al fondo del equipaje. Mi primer año acá, sin un mango, iba todos lados en bici. Conocí gran parte de la ciudad así y me ayudó mucho a orientarme. Iba de Villa Crespo a Floresta y Boedo, a la Reserva Ecológica, al Tigre.
También trabajé para una pequeña empresa que hacía tours en bici por la ciudad. Acompañaba al jefe, que no hablaba inglés, a hacer el recorrido norte (Recoleta, Palermo, Villa Crespo) o el sur (San Telmo, La Boca), partiendo siempre desde Congreso, donde estaba nuestra oficina, explicando sobre este y aquel monumento. Luego, cuando ya memoricé el recorrido, lo hacía solo. Con lo ganado salvaba el día y a veces algunos turistas (especialmente los norteamericanos) dejaban buenas propinas. De hecho había otro guía en la empresa que lo hizo tan bien que un empresario turístico estadounidense se lo llevó para que trabajara para él allá.
Además siempre me gustó pasear a mis visitas extranjeras por la ciudad. Me acuerdo de los paseos que hicimos con Priska, una amiga de Zurich, con Anne, de Alemania, con Aurelia de París…
El año pasado iba al centro en el tren Sarmiento y en el vagón de bicicletas conocí a una pareja belga, Tom y Jemina. Habían recorrido toda América en bici, literalmente: aterrizaron en Canadá, cruzaron Estados Unidos (casi no los dejan entrar, porque el oficial de Inmigración no les creyó que iban a poder atravesar el país en tres meses), bajaron por México, Centroamérica, Colombia… lo contaban en su blog. Se habían subido al tren en Moreno y viajaban al centro en busca de la dirección de un hostal recomendado en San Telmo. Nunca habían estado en Buenos Aires. Nos bajamos en Once y los guié hasta el lugar. Quedamos de juntarnos otro día y fuimos al Tigre.
Otra vez conocí una extranjera en el vagón de bicis del tren Mitre. Creo que fue en la estación Carranza. La mujer estaba allí, de pelo corto, gafas, unos cuarenta años. Estaba casi seguro de que era alemana. Le hablé en su idioma. Me miró sorprendida, sobresaltada por aquel mestizo y su acento sajón. “¿Cómo sabes que hablo alemán?”, me preguntó. “Tienes la pinta”, respondí. “Soy austriaca”, me respondió. Bueno, pensé, es casi lo mismo, aunque no se lo dije… a los uruguayos tampoco les gusta que los confundan con argentinos. En fin, charlamos un rato, luego ella se bajó o yo me bajé y no volvimos a vernos.
Anyway, volvamos a la Masa Crítica. Hace uno o dos años conocí en una fiesta de cumple a Iside, una italiana de Cerdeña. Creo que fue ella quien me invitó, porque participaba en el movimiento cuando vivía en Milán. La Masa es un movimiento internacional, están en San Francisco, Viena… y ahora Buenos Aires. Son totalmente horizontales, no tienen jefes, y son pura fiesta y buena onda… Recuerdo que la primera vez que fui, hace dos años, éramos veinte o menos. Terminamos en Palermo y éramos tan pocos (diez, a esa altura, o menos), que cenamos en el club social Eros de la calle Uriarte.
Ahora eso sería imposible. La Masa reúne más de cien personas o más por vez, incluso con lluvia. El recorrido siempre incluye las grandes avenidas, donde los automovilistas, sumidos en un súbito taco, nos manifiestan su algarabía a los bocinazos. Hemos ocupado a lo ancho las avenidas Corrientes, Independencia, Figueroa Alcorta, Callao… todo para pedir más ciclovías, más respeto a los ciclistas, y menos coches. Por algo el grito de batalla es “¡Bicis sí, autos no!”. La Masa es pura buena onda. Siempre hay gringos o europeos, colombianos, hay familias enteras, hay bicis al estilo de la Harley Davidson, hay chicos en skate, hay patinadoras… Nunca es una carrera, siempre es un paseo. Ayer había hasta un payaso y la policía nos escoltó por la avenida Rivadavia, aunque no creo que esto haya sido planificado. Terminamos en el Parque Centenario, entre los grupos de rock, la feria de las pulgas, los grupos de candombe…
Crédito de foto: Gonzalo D.
Masa Crítica de Buenos Aires en Internet: http://www.masacriticabsas.com.ar/
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