Por Pablo Huneeus
Lo que mueve el mundo no es el dinero, sino el primero de los dioses –Eros– autor de nuestros días y motor de la humanidad. De ahí la pasión del fútbol. La pelota –símbolo de virilidad– ligera y escurridiza, busca penetrar el arco contrario, celosamente protegido por el padre de la novia.
Técnicamente basta con que alegoría fálica traspase unos centímetros el arco. Aunque salga rápido, ya dejó su marca indeleble y permanente. Pero, el gol que arranca bramidos de admiración es el que infla la malla, o sea el que entra hasta rasgar el himen de la virginidad.
El juego, entonces, sería un baile ritual o forcejeo precoital entre un clan que busca violar la doncella rival, y otro que se empeña en defender la propia. Ataque y defensa, insinuación y rechazo, coqueteo y estratagema, el burlador de Sevilla y las llamas del infierno (tarjeta roja), está todo ahí, siendo el gol –el acto por el cual existimos– una experiencia orgásmica que nos conmueve a todos.
Pero hay más. Ya lo dijo Aristóteles, somos animales sociales y para la convivencia humana lo principal es justicia. El fútbol es una puesta en escena del Derecho Romano, es fantástica construcción de las ciencias humanas cuyos cimientos se encuentran en Solón, arconte de Atenas, siglo VI a. C.
Junto con derogar los privilegios de los clanes y borrar las deudas, tuvo la idea de que la polis se rija, no por el arbitrio del tirano, sino por leyes que se dan los propios ciudadanos.
La igualdad ante la ley, la necesaria imparcialidad del juez, la transparencia (cada movida a vista de todos), el juicio rápido (la justicia lenta no es justicia) los mecanismos pacíficos de resolución de conflictos, todo está en la cancha.
Hasta el Ius singulare (la ley para un grupo singular) aparece en la forma de prerrogativas del arquero, y de nadie más, a meter las manos y solamente en el área penal.
Se llega, incluso, a que el fútbol le lleve la delantera a la burocracia judicial en el castigo de fechorías como el falso testimonio, hacerse la víctima, que en nuestro medio rinde plata. En Sudáfrica, en cambio, al mago Valdivia por simular un foul, –el típico “piscinazo” para engañar al juez– altiro le dieron una merecida tarjeta amarilla.
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